JUSTO ALDÚ

LOS ULTIMOS DÍAS DE MONSEÑOR OSCAR ARNULFO ROMERO

LOS ULTIMOS DÍAS DE MONSEÑOR OSCAR ARNULFO ROMERO

“En el día del amor y la amistad, recordemos que el amor más grande

no es el que susurra promesas, sino el que, como el de Mons. Óscar Arnulfo Romero

se atreve a decir “no matarás” aun cuando el eco de esa verdad pueda costarle la vida,

porque amar al prójimo es defenderlo incluso frente a las balas”

 

En los últimos meses de su vida, Monseñor Óscar Arnulfo Romero caminaba con la serenidad de quien intuye el peligro, pero no retrocede. Había regresado a su país con el peso de Roma en los hombros y el polvo de El Salvador en los zapatos. Nacido en Ciudad Barrios y formado en Europa, volvió para encontrarse con una nación que ya no era solo campanas y cosechas, sino listas de muertos, madres con fotografías y nombres que no regresaban. Primero fue obispo auxiliar en San Salvador; luego, obispo de Santiago de María, donde el dolor rural le enseñó que la teología también se escribe con tierra en las manos. Cuando en 1977 fue nombrado arzobispo de San Salvador, la mitra no fue una distinción: fue una exposición pública al conflicto.

Desde su regreso como obispo en 1970, recorrió pueblos y cantones como San Miguel, Chinameca, Jucuapa, Aguilares y Ciudad Delgado. Predicó entre cafetales, fábricas y barrios populares, escuchando más silencios que palabras. Allí comprendió que el Evangelio, en tiempos de guerra, se convierte en una forma de denuncia. El asesinato de su amigo, el padre Rutilio Grande, marcó un punto de quiebre definitivo: desde entonces, Romero dejó de ser solo un pastor prudente y asumió una voz profética que incomodó a los poderes armados.

En su despacho, poco antes del desenlace, comentó a un joven sacerdote, con voz serena:

—Cuando uno dice la verdad en un país enfermo, la verdad se vuelve sentencia.

El 23 de marzo de 1980, su homilía fue transmitida por radio a todo el país. En ella, Romero pronunció palabras que quedaron inscritas en la historia moral de El Salvador:

—Hermanos, en nombre de Dios y en nombre de este sufrido pueblo, les suplico, les ruego, les ordeno: ¡cese la represión! Ningún soldado está obligado a obedecer una orden contra la ley de Dios. Ningún hombre debe matar a su hermano. ¡No matarás!

Aquellas palabras atravesaron cuarteles, hogares y conciencias. Para algunos soldados, significaron duda; para otros, provocación. En un despacho oficial, un militar preguntó en voz baja a un político:

—¿Qué haremos con ese padre sedicioso?

La respuesta no fue verbal. El político deslizó el pulgar por su garganta. El gesto bastó.

Al día siguiente, 24 de marzo de 1980, alrededor de las 6:30 de la tarde, Romero celebraba misa en la capilla del Hospital de la Divina Providencia, en San Salvador. Vestía con sencillez, sin solemnidades, como quien oficia para los pobres. A su lado, un monaguillo sostenía el misal. Cuando Romero alzó el cáliz, el tiempo pareció suspendido.

Los disparos rompieron el silencio. Romero cayó junto al altar. El monaguillo también cayó.
El cáliz rodó por el suelo, mezclando vino y sangre, y la liturgia se convirtió en testimonio.

La noticia recorrió el país con velocidad y estupor. En mercados, barrios y pueblos donde había predicado —Santiago de María, San Miguel, Aguilares, Soyapango, Ciudad Delgado— se encendieron velas y se levantaron voces. “Mataron al santo”, se repetía. Para el pueblo, Romero dejó de ser solo un arzobispo: se convirtió en símbolo.

Con los años, las armas se oxidaron, pero la figura de Romero no se desvaneció. En 2018, el Vaticano confirmó lo que el pueblo había proclamado desde 1980: Óscar Arnulfo Romero fue declarado santo. No como un gesto político, sino como reconocimiento tardío a una vida entregada a la defensa de los más vulnerables.

Hoy, su nombre permanece como advertencia y como promesa. Advertencia para quienes creen que una bala puede borrar una voz. Promesa para quienes saben que hay palabras que sobreviven al plomo.

Hay cientos de relatos, crónicas, entrevistas y artículos que hablan de su vida y de su obra. Este texto es solo uno más: una aproximación, un trazo literario que apenas roza la dimensión de un hombre extraordinario y el legado profundo que dejó al pueblo salvadoreño y al mundo entero.

La enseñanza permanece: decir no matarás en un país armado puede costar la vida, pero callarlo puede costar el alma de una nación.

Porque a Romero lo asesinaron por obedecer a su conciencia.
Y en esa obediencia radical, dejó una herencia que aún incomoda:


Una fe que no se arrodilla ante las balas.

Como en muchas tragedias que se quieren enterrar bajo el polvo del tiempo, no existe un juicio penal definitivo que haya condenado plenamente a los responsables del asesinato de Óscar Arnulfo Romero, pero sí hay investigaciones serias que arrojan luz sobre lo que sucedió:

Orden intelectual: Un informe de la Comisión de la Verdad de las Naciones Unidas concluyó que el ex-mayor salvadoreño Roberto D’Aubuisson, líder de los escuadrones de la muerte y político de derecha, dio la orden de asesinar a Romero.

Planeación y ejecución: Esa comisión, junto con otras investigaciones, identificó a varios oficiales (entre ellos los capitanes Álvaro Saravia y Eduardo Ávila) como participantes en la planificación del crimen.

Asesino material: El informe de la comisión no logró identificar con certeza al francotirador que apretó el gatillo; es decir, no se ha confirmado de manera legal quién fue el autor material.

Acciones judiciales en el extranjero: En un tribunal civil de Estados Unidos, Álvaro Saravia fue hallado responsable en una demanda por el asesinato, y D’Aubuisson fue señalado como autor intelectual, pero ninguno fue procesado penalmente en El Salvador antes de morir; D’Aubuisson falleció en 1992 y Romero sigue sin justicia penal completa.

En resumen, las pesquisas serias identifican quién ordenó el crimen y a varios implicados en su ejecución, pero no hay una sentencia penal firme sobre el tirador ni un enjuiciamiento general que cierre oficialmente el caso.

La indignación no debería tener doble rasero ni calendario político. Cuando se desacreditan los organismos de derechos humanos por considerarlos incómodos o “parciales”, pero luego se exige su intervención tras tragedias como el asesinato de Mons. Oscar Romero o los niños en Ecuador, lo que queda en evidencia no es la debilidad de esos organismos, sino la fragilidad del compromiso con los principios.

Los derechos humanos no son una bandera que se agita solo cuando conviene; son un marco permanente para proteger la vida, especialmente la de los más vulnerables. Si se reclama justicia internacional cuando el horror toca fibras profundas —como ocurre ante la muerte violenta de menores (Ecuador) —, también debe aceptarse su legitimidad cuando investigan abusos, denuncian excesos o cuestionan al poder.

La coherencia exige algo sencillo y a la vez difícil: defender la institucionalidad de los derechos humanos siempre, no solo cuando el dolor nos conviene.

JUSTO ALDÚ © Derechos reservados 2026

 

*En esta crónica pueden existir algunas imprecisiones, si es así, agradezco sus aportes y dispensa.