Dario y el reino sin Fronteras

José Luis Barrientos León

 

No hay distancia aún. El ojo es una mano

que acaricia la sombra del jardín,

donde el escarabajo es un monarca de oro

y el viento, un mensajero con noticias del mar.

 

Todo tiene latido: la piedra en el camino

guarda un sueño de siglos en su entraña de cal,

y el agua del estanque, en su espejo estancado,

nos dicta las palabras que el adulto olvidó.

 

Hablabas con la silla de madera gastada,

le dabas una voz, una pena, un destino;

no era un mueble el objeto, sino un viejo aliado

esperando el asombro de tu mano pequeña.

 

Y el gato era un hermano de pelaje sagrado,

dueño de un idioma de silencios y lenguas,

con quien compartías, bajo el sol del verano,

esa fraternidad que no conoce el nombre.

 

El mundo era una selva de dioses cotidianos.

Un trozo de cristal era un diamante puro;

una caja de cartón, un bajel hacia el norte.

No existía la muerte, sino un cambio de luces,

un diálogo constante entre el alma y las cosas.

 

¡Qué pureza el engaño de creer que la vida

se otorga con el soplo de nuestra propia mirada!

Ahora que el tiempo ha impuesto su frontera de hielo,

miramos los objetos y solo vemos cosas:

materia muda y fría, despojada de espíritu.

 

Ya no escuchamos al árbol, ni el juguete nos habla.

Se ha cerrado la puerta de aquel reino de magia

donde ser niño era, simplemente, ser todo.

 

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  • Autor: Jose Barrientos (Seudónimo) (Offline Offline)
  • Publicado: 11 de febrero de 2026 a las 11:27
  • Categoría: Sin clasificar
  • Lecturas: 1
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