No hay distancia aún. El ojo es una mano
que acaricia la sombra del jardín,
donde el escarabajo es un monarca de oro
y el viento, un mensajero con noticias del mar.
Todo tiene latido: la piedra en el camino
guarda un sueño de siglos en su entraña de cal,
y el agua del estanque, en su espejo estancado,
nos dicta las palabras que el adulto olvidó.
Hablabas con la silla de madera gastada,
le dabas una voz, una pena, un destino;
no era un mueble el objeto, sino un viejo aliado
esperando el asombro de tu mano pequeña.
Y el gato era un hermano de pelaje sagrado,
dueño de un idioma de silencios y lenguas,
con quien compartías, bajo el sol del verano,
esa fraternidad que no conoce el nombre.
El mundo era una selva de dioses cotidianos.
Un trozo de cristal era un diamante puro;
una caja de cartón, un bajel hacia el norte.
No existía la muerte, sino un cambio de luces,
un diálogo constante entre el alma y las cosas.
¡Qué pureza el engaño de creer que la vida
se otorga con el soplo de nuestra propia mirada!
Ahora que el tiempo ha impuesto su frontera de hielo,
miramos los objetos y solo vemos cosas:
materia muda y fría, despojada de espíritu.
Ya no escuchamos al árbol, ni el juguete nos habla.
Se ha cerrado la puerta de aquel reino de magia
donde ser niño era, simplemente, ser todo.