Felicidad ajena

Jhondy Algenys

Aprendí a sonreír con labios prestados,

a aplaudir victorias que no llevan mi nombre,

a decir me alegra

cuando algo en mí se apaga un poco.

La felicidad ajena brilla distinto:

no quema,

pero alumbra lo suficiente

como para recordarme

todo lo que aún no tengo.

La miro desde lejos,

como quien observa una casa encendida

en una noche fría,

sin tocar la puerta,

sin preguntar si hay lugar.

No la envidio…

solo la cargo en silencio,

como una moneda extraña en el bolsillo:

no me pertenece,

pero pesa.

Y aun así,

cuando alguien ríe de verdad,

algo en mí se salva,

porque entender la felicidad de otros

también es una forma triste

de seguir creyendo en ella.

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