Aprendí a sonreír con labios prestados,
a aplaudir victorias que no llevan mi nombre,
a decir me alegra
cuando algo en mí se apaga un poco.
La felicidad ajena brilla distinto:
no quema,
pero alumbra lo suficiente
como para recordarme
todo lo que aún no tengo.
La miro desde lejos,
como quien observa una casa encendida
en una noche fría,
sin tocar la puerta,
sin preguntar si hay lugar.
No la envidio…
solo la cargo en silencio,
como una moneda extraña en el bolsillo:
no me pertenece,
pero pesa.
Y aun así,
cuando alguien ríe de verdad,
algo en mí se salva,
porque entender la felicidad de otros
también es una forma triste
de seguir creyendo en ella.