Escribo desde el olvido de mi pasado, para darle vida al pasado de otros.
Me arrancaron la infancia
sin hacer ruido.
No hubo llanto que la nombrara
ni mano que la buscara después.
Crecí sin pasado
como crecen los cardos:
a la intemperie,
aprendiendo el viento
antes que el juego.
No recuerdo risas
ni heridas primeras.
Solo sé que el cuerpo
aprendió pronto
a tensarse para vivir.
La memoria cerró su boca
para no morderme.
Se tragó los días
como quien esconde pan
para el hambre futura.
Mientras otros cuentan su niñez
con palabras suaves,
yo cargo golpes sueltos,
relámpagos sin fecha
clavados en la sangre.
Pero sigo.
Con los pies hundidos
y la frente en alto.
No tuve álbum,
tuve resistencia.
No tuve recuerdos,
tuve pulso.
Si olvidé fue para andar.
Si no miré atrás
fue para no caer.
Y aquí estoy:
hecho de barro y conciencia,
sin pasado que me salve
ni mentira que me consuele.
Vivo sin recordar,
sí.
Pero vivo.
Y a veces
eso es todo
lo que hace falta
para vencer a la noche.
Antonio Portillo Spinola
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Autor:
Spinoport (Seudónimo) (
Online) - Publicado: 2 de febrero de 2026 a las 06:55
- Categoría: Sin clasificar
- Lecturas: 37
- Usuarios favoritos de este poema: Salvador Santoyo Sánchez, Mauro Enrique Lopez Z., Anton C. Faya, Carlos Baldelomar, JUSTO ALDÚ, Javier Julián Enríquez, AZULNOCHE, Marie Paule, Lale Neda
- En colecciones: ANTONIO PORTILLO SPINOLA.

Online)
Comentarios1
El poema construye una atmósfera dura y contenida, donde la ausencia de infancia funciona como herida silenciosa y motor de supervivencia. Las imágenes de intemperie, cuerpo y memoria cerrada refuerzan una sensación de resistencia más que de nostalgia. Técnicamente, el verso libre y el tono directo sostienen una voz sobria que evita el sentimentalismo fácil. La síntesis emocional convierte el dolor en pulso vital, haciendo del olvido no una carencia, sino una estrategia para seguir de pie. En conjunto, el texto impacta por su honestidad seca y su afirmación final de vida como acto de victoria.
Saludos.
Gracias por leerme y el análisis que ha echo de mi poema. Porque al final, lo que cuenta no es solo el recuerdo en sí, sino la conciencia con la que se mira cualquier recuerdo, propio o ajeno.
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