Agua. Un cielo, plomizo, que no soporta tanto peso. Las nubes, en su vana consistencia vapórica, corren huyendo de tanta hidroavalancha. Las calles —sobre todo las carreteras, que es lo que más observo desde aquí— empiezan a disolverse ante el poder licuador de los charcos y yo, desde aquí, mi observatorio favorito, contemplo con una sensación de privilegio, cómo las personas que tienen o quieren estar a la intemperie se afanan, "sufren", defendiéndose de la ducha —solo es agua, no ácido sulfúrico, no lo entiendo— fría e insistente que la presente lluvia está significando para mi barrio, mi ciudad, mi región, ni nación, mi federación de naciones, mi continente, mi planeta, mi sistema planetario, mi universo...
Agua, únicamente. Dos átomos de hidrógeno por uno de oxígeno en cada molécula, unidos por un enlace covalente que le confiere a la totalidad una consistencia a la vez que una licuicidad perfectas, adaptable a cualquier contenedor —por muy rara que sean las formas de este—, que no huele ni sabe —salvo que se le aliñe con sustancias "extrañas"—, que sin ella no seríamos, no estaríamos, no escribiríamos estas chorradas de las que la mía se lleva la palma...
Agua. Parece que, ahora, el sol está como queriendo salir al cuadrilátero para plantar batalla al denso nubaje que aún preside el trozo de lienzo que, desde mi observatorio favorito, puedo ver de mi Sevilla; con calzón rojo él, exhibiendo una densa musculatura, trabajada durante miles de millones de años; con calzón azúl un nimbocúmulo, joven, reciente, erguido, lechuguino en el porte, egotista, orgulloso de su belleza, de la que es sabedor, musculoso también pero más ligero, más mobilíneo que el sol —ahí está su ventaja, la versatilidad, el dinamismo—, calentando ambos, ritualizando la espera del pitido inicial —el sol cierra los ojos, pronuncia unas palabras para sí, inaudibles, y se persigna o algo así, mientras que el nimbocúmulo, ufano, pensador de que no necesita suerte para ganar, no hace nada, mira desafiante al sol en sus evoluciones preparatorias con desprecio.
Agua.
Parece que la lucha está siendo de poder a poder porque hace un rato —casi desde que empecé a escribir— que el nimbocúmulo está misin, lleva sin decir esta boca es mía una barbaridad de tiempo.
Que siga así el indeseable.
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Autor:
Albertín (Seudónimo) (
Online) - Publicado: 27 de enero de 2026 a las 08:10
- Comentario del autor sobre el poema: Grandes titanes frente a frente. Ante lides como esta, los que somos mota de polvo en un gran desierto no debemos menos que guardar silencio, de no decir "esta boca es mía".
- Categoría: Cuento
- Lecturas: 2

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