Me he entregado al viento helado que se filtra por mi ventana como un susurro antiguo consolando el cansancio de mi alma.
Anhelo flotar entre sus brazos invisibles, ceder al torbellino sublime que juega a perderse en mis rizos como si también él supiera nombrarme.
Quisiera besarle los labios si el viento tuviera forma, y danzar con él en los remolinos que estremecen las hojas del otoño.
Me arrojaría a su abrazo aunque no supiera sostenerme en la caída; dejaría atrás este cuerpo para volverme apenas eso: un verso leve, una respiración errante, la poesía misma del viento.

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