El destino, árbitro cruel de la vida,
dictó mi pena en su rigor sombrío;
me condenó a tu ausencia. En su frío
dejé mi voz, mi fe ya consumida.
Tu sombra vuelve, tenue y dolorida,
cual un susurro que se pierde en el vacío;
y aunque persigo el eco de lo mío,
solo hallo niebla, luz ya desvaída.
Quedan cenizas, restos de un abrazo
que se apagó sin tiempo ni clemencia,
y un corazón que cuenta su fracaso.
Mas sigo en pie, venciendo la inclemencia:
cargo tu nombre —dulce peso, áspero lazo—
en esta soledad que me sentencia.
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Autor:
Juan Roldan (
Offline) - Publicado: 21 de enero de 2026 a las 00:17
- Categoría: Sin clasificar
- Lecturas: 2
- Usuarios favoritos de este poema: Henry Alejandro Morales

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