Juan Roldan

Dulce peso

El destino, árbitro cruel de la vida,
dictó mi pena en su rigor sombrío;
me condenó a tu ausencia. En su frío
dejé mi voz, mi fe ya consumida.

Tu sombra vuelve, tenue y dolorida,
cual un susurro que se pierde en el vacío;
y aunque persigo el eco de lo mío,
solo hallo niebla, luz ya desvaída.

Quedan cenizas, restos de un abrazo
que se apagó sin tiempo ni clemencia,
y un corazón que cuenta su fracaso.

Mas sigo en pie, venciendo la inclemencia:
cargo tu nombre —dulce peso, áspero lazo—
en esta soledad que me sentencia.