La Paz... y la No Violencia...

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La Paz.. y La No Violencia..

Diferencias.. Salvedades.. y Contextos..


🎧 Se recomienda escuchar el audio durante la lectura
(…. aunque el texto también puede ser solo leído, y sin más ….)

Daniel Alamón · MIX La Paz y La No Violencia

me lo dicta mi conciencia, no está bien, no, la violencia
me lo grita hasta la ciencia: es la paz la mayor preferencia

me lo avisa la presencia de una herida,
cuando sucede una en mí, y me lastima

me lo predica claro mi credo:
que ser violento está muy mal y que además es feo

Pero aclaro los conceptos para ver adónde llegamos con ellos:
no, no lo haré, la justificar, pero sí tal vez la relativizar según los hechos

En mi mapa, el que me he compuesto entre los valores y lo que considero correcto
pongo en un lugar que es de los primeros a la paz, como valor absoluto y como un bien, uno supremo

Y así funciono desde que algo ya recuerdo,
y así siempre me lo propongo: no ser ni actuar jamás siendo violento

Pero hay un pero en todo esto, y hacia él en este papel avanzo, lento..
para más claro comprender de qué viene todo esto: de comprender cómo la piel a veces desoye a eso que pienso.

Son no-sinónimos los términos que a continuación contrasto y que juntos se los presento:
es la paz, uno de ellos, por supuesto; y es el segundo uno que en sí mismo es uno compuesto

De qué hablo, a qué me refiero? A la no violencia como el sinónimo incorrecto
el que en sí mismo contiene un valor, pero uno que en el fragor a veces no lo sostengo.

La violencia es en esencia una situaciòn cuya emergencia es la del no respeto
de ultrapasar con plena conciencia a un límite de bienestar, que humano y que ajeno.

Es violencia la actitud de la emergencia de la fuerza,
de la prepotencia, del daño infringido a sabiendas;
del dolor que es provocado con alevosía y con declarada intención,
tras de una afectación ajena y por motivos de cancelación de la tensión que le es previa.

Es violento el que procede sin argumentos, el que decide un atajo que es cruel y cruento
para cancelar su patente, su frustración; suprimiendo en los hechos a quién o qué se la ocasionó

Y hete aquí la disyuntiva: si un violento atenta contra mi vida
no me sale, no me saldría, lo sé: lo de mostrarle la otra mejilla ... como dijo bien no sé quién

La agresión exige defensa, y la inacción -o la reacción postergada, cuando ella-
¡son perniciosas! .. en tanto que o la alientan a la violencia;
o la potencian de facto y con urgencia
y vuelven a la emergencia una situación, muchas veces de muerte o de supervivencia.

Por lo tanto, lo que digo, y que tanta saliva hoy me gasto en explicártelo amigo, es que:
sí que es cierto: que lo de ser violento ¡no está para nada bien; lo sé!

Pero si es el caso que alguien que viene siendo violento intenta profundizar, aunque sea un poco más
sea al daño, sea al riesgo, sea al efecto buscado de generar más miedo, entonces lo siento, yo no puedo:

y le concedo a mi reflejo, al que es un instinto que previo incluso a lo moral:
el protagonismo fundamental y la reacción que mejor me convenga
para y ya intentar a la agresión cesar o para cancelar el efecto de la que me llega

Y VIOLENCIA LE DEVUELVO... (¡y a reclamarle a doña inocencia!)
  • Autor: El Pensador UY (Seudónimo) (Offline Offline)
  • Publicado: 19 de enero de 2026 a las 07:21
  • Comentario del autor sobre el poema: Cristófala@WordPress dijo: 19/01/2026 a las 6:44 AM Editar El texto analizado se configura, en su estructura profunda, como un alegato moral elaborado desde una conciencia escindida: aquella que afirma la paz como valor supremo, pero que rehúsa autoengañarse respecto de la condición humana, la corporalidad y la vulnerabilidad real del sujeto cuando se halla bajo amenaza. No se trata de un discurso justificatorio, sino de un ejercicio de honestidad moral orientado a preservar la coherencia interna del juicio ético frente a situaciones límite. El núcleo del texto no es la violencia en sí misma, sino la integridad de la conciencia moral. La escritura no busca absolución ni coartadas, sino evitar la forma más sutil de corrupción ética: la mentira a uno mismo. Desde sus primeras formulaciones, el autor articula tres fuentes clásicas de legitimación moral que, lejos de oponerse, convergen: la conciencia individual (“me lo dicta mi conciencia”), la razón empírica (“me lo grita hasta la ciencia”) y la tradición ética o espiritual (el credo). Esta tríada —razón práctica interna, conocimiento empírico y herencia moral— coincide en una afirmación fundamental: la violencia no constituye un bien moral en sí mismo. Este punto es decisivo, pues excluye de raíz toda lectura que asocie el texto a un impulso agresivo, reactivo o ideológico. El conflicto que lo origina no es retórico ni teórico, sino existencial y ético: surge allí donde los principios abstractos colisionan con la realidad concreta del daño posible. Paz y no violencia: distinción conceptual y crítica semántica Uno de los aportes más relevantes del texto reside en la distinción explícita entre paz y no violencia, distinción que muchos discursos morales tienden a eludir por comodidad conceptual. El autor no cuestiona la paz como ideal normativo; cuestiona, en cambio, la identificación acrítica entre paz y no violencia. La paz es definida como un valor absoluto, rector y finalista. La no violencia, por el contrario, es presentada como una estrategia moral contingente: una forma de acción situada, dependiente de condiciones contextuales específicas. En términos filosóficos, el texto separa con claridad el plano axiológico del plano instrumental. La paz es un fin. La no violencia es un medio posible, no universal ni incondicional. Esta distinción sitúa el texto en una tradición de pensamiento que incluye a Hannah Arendt —para quien la paz no se identifica con la pasividad—, a Albert Camus —quien rechaza el crimen sin renunciar a la noción de límite—, e incluso al Gandhi histórico, lejos de su versión edulcorada y despolitizada. En todos estos casos, la ética no se formula desde la negación del conflicto, sino desde su gestión responsable. El texto propone una definición de violencia que excede lo meramente físico y se inscribe en el ámbito de la ética de la acción. La violencia es concebida como el acto de traspasar, con plena conciencia, un límite de bienestar humano propio o ajeno. Esta formulación introduce criterios normativos precisos: conciencia, intencionalidad, alevosía, uso instrumental de la fuerza y reducción del otro a objeto. Dicha conceptualización resulta relevante porque excluye del concepto de violencia tanto lo accidental como lo meramente reactivo o defensivo. No todo uso de la fuerza es violencia. La violencia, en sentido estricto, implica la voluntad de dominar, anular o instrumentalizar al otro, ya sea por agresión directa o por descarga de frustración. Este enfoque evita tanto el reduccionismo físico como el moralismo expansivo que vacía el concepto por exceso de inclusión. El cuerpo como límite de la deliberación moral. Uno de los momentos de mayor densidad ética del texto se produce cuando se reconoce el papel del cuerpo como instancia previa —y a veces ajena— a la deliberación racional. Frente a la amenaza real, el cuerpo no delibera; reacciona. El tiempo propio de la reflexión moral se suspende, y la pasividad deja de ser una posición neutral. Aquí el texto introduce una verdad incómoda para ciertas éticas idealizadas: la no violencia exige condiciones materiales de posibilidad —seguridad, tiempo, interlocución, reversibilidad del daño—. Cuando dichas condiciones no están presentes, la no violencia deja de ser una virtud y se convierte en una forma de exposición al daño. Esta constatación da lugar a una crítica severa de la inacción moral. La omisión no es presentada como neutralidad, sino como una forma encubierta de producción de consecuencias. No reaccionar puede alentar, postergar puede potenciar y dudar puede agravar. En este sentido, el texto desmonta el mito del “yo no hice nada” y señala que existen violencias por omisión tan efectivas como las activas. El límite y la devolución de la fuerza El punto más polémico —y, a la vez, más intelectualmente honesto— del texto aparece cuando se admite la posibilidad de devolver violencia. Esta admisión no se formula desde la exaltación ni desde el goce, sino desde una lucidez trágica. La violencia defensiva es presentada como último recurso, como reflejo instintivo orientado a la cesación del daño, no como venganza, castigo o afirmación identitaria. En términos éticos, no se trata de legitimar la violencia, sino de reconocer el derecho al límite. La fuerza, en este marco, no es un valor, sino una interrupción necesaria cuando todos los medios normativos han colapsado. Inocencia moral y responsabilidad El cierre del texto, con la figura irónica de la “inocencia”, revela con precisión a su verdadero antagonista: no la paz, sino la ingenuidad moral elevada a dogma. No se critica a quien aspira a la paz, sino a quien confunde bondad con indefensión. Cuando la inocencia se absolutiza, produce efectos éticamente problemáticos: expone a los vulnerables, exonera a los agresores y desplaza la culpa hacia quien se defiende. En este sentido, el texto constituye una crítica a ciertos pacifismos declamativos que, bajo apariencia moral, terminan funcionando como coartadas de la violencia efectiva. La postura final es clara: la paz es un valor absoluto; la no violencia no lo es. Y la defensa ante la agresión no convierte al agredido en violento en sentido moral pleno. El texto no nace del resentimiento, sino de la responsabilidad ética del límite. Precisamente por ello resulta incómodo para los moralismos abstractos y los discursos que exigen mansedumbre al atacado. Y es, por esa misma razón, un texto intelectualmente adulto, éticamente honesto y filosóficamente necesario.
  • Categoría: Reflexión
  • Lecturas: 1
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