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Al caminar, el Sol tropieza con su andar,
no por deseo, sino por reconocer la luz.
Hay en su rostro una claridad serena,
una pureza que no pide ser vista
y aun así ilumina.
Su mirada roba la atención del cielo,
como si la luz aprendiera a reflejarse en ella.
El día, al pasar junto a su figura,
se vuelve más lento,
como si el mundo necesitara mirarla mejor.
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Al mediodía, cuando el Sol gobierna alto,
se queda inmóvil sobre su nombre.
La hora no avanza,
el atardecer duda en llegar,
porque nada puede ser más bello que este instante.
Las nubes contienen su aliento,
la luz se hace más suave, más fiel,
como si incluso el tiempo entendiera
que ante tanta belleza
no se puede huir hacia la noche.
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Entonces el Sol, humilde ante ella,
se retira despacio,
no por declinar, sino por un pacto silencioso.
Se oculta jurando regresar,
porque al buscarla, él recuerda quién es.
Y al amanecer, fiel a su palabra,
regresa buscándola,
sabiendo que ella lo espera
incluso desde la noche,
porque solo así, en sus brazos, el día cobra luz al volver a ella.
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Autor:
ΔLCIDΞϟ ♡⚔︎ (Seudónimo) (
Offline) - Publicado: 17 de enero de 2026 a las 18:05
- Comentario del autor sobre el poema: Porque hay presencias que no iluminan el mundo, pero le enseñan con su luz por dónde regresar. ✶
- Categoría: Amor
- Lecturas: 27
- Usuarios favoritos de este poema: alicia perez hernandez, ElidethAbreu, Antonio Pais, 🌱🌷 MariPD, ♦️ΔLCIDΞϟ ♡⚔︎, Llaneza, gaspar jover polo, Poesía Herética, MISHA lg

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