La calle se vuelve espejo
y el sol aprende a bordar.
No caminan mujeres:
avanzan constelaciones de tela,
mares de encaje domesticado,
vientos blancos que saben girar.
Cada pollera es un mapa antiguo
donde la aguja escribió la paciencia,
un alfabeto de hilos
que deletrea la historia
sin necesidad de voz.
Blanca como promesa,
pesada como herencia,
ligera como el paso que la sostiene.
Las hay de gala,
con joyas que suenan a campanas mínimas,
oros que conversan con el cuello del tiempo;
las hay montunas, sobrias,
con la elegancia callada del campo
y la dignidad del trabajo diario;
las hay con flores que no se marchitan
porque nacieron del pulso
y no del jardín.
El desfile no avanza:
respira.
Cada paso marca un compás invisible,
una música que no necesita instrumentos
porque nace del roce del encaje
con la piel orgullosa del istmo.
Las trenzas sostienen lunas,
peinetas que atrapan la luz
como si el día quisiera quedarse a mirar.
Y el tembleque —ese pequeño milagro—
tiembla no por miedo,
sino porque la belleza,
cuando es verdadera,
no sabe estarse quieta.
El público mira,
pero la tierra recuerda.
Recuerda manos anónimas,
noches largas,
costuras hechas con fe
y con futuro.
Recuerda que cada pollera
no es vestido,
es raíz.
Impresionante y llamativo
no por el brillo,
sino por la memoria que camina,
por la melodía blanca
que cruza la calle
como un río ceremonial.
Y cuando el desfile termina,
la calle queda distinta,
como si hubiera aprendido
que la identidad también desfila,
se mueve,
canta en silencio
y jamás se quita.
JUSTO ALDÚ © Derechos reservados 2026
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Autor:
JUSTO ALDÚ (Seudónimo) (
Offline) - Publicado: 17 de enero de 2026 a las 09:51
- Comentario del autor sobre el poema: En el corazón palpitante de la península de Azuero, cada enero se desata un carnaval de seda, encaje y oro: el Desfile de las Mil Polleras, fiesta que ilumina las calles de Las Tablas, provincia de Los Santos, cada segundo sábado de enero para exaltar la pollera panameña —nuestro traje típico nacional, considerado por muchos como el más bello del mundo. Es un desfile que ya no cabe en su nombre: donde antaño marchaban “mil” polleras, hoy más de 15 000 mujeres empolleradas todas las generaciones llenan de color y bordados cada avenida y esquina, acompañadas por música de tambor, murgas y tamboritos. Por qué la pollera deslumbra La pollera panameña no es solo ropa: es poesía hecha hilo. Su historia nació del traje campesino español de los siglos XVI–XVII, adoptado y reinventado por manos panameñas hasta convertirse en un símbolo vivo de identidad. Se la considera tan hermosa porque combina técnica artesanal y estética sin par: bordados delicados, encajes, motivos florales y composición armónica entre blusa y falda, una sinfonía visual que puede tardar entre año y medio y dos años en confeccionarse. Partes de la pollera Como un rito, cada elemento tiene nombre y significado: Blusa: Decorada con ruffles, encajes y bordados, suele llevar motas (pompones) adelante y atrás. Pollerón (falda): Amplia, con volantes y labor artesanal hecha a mano. Enaguas: Debajo de la falda aportan volumen y delicadeza. Rebozo: Chal que acompaña el conjunto, muchas veces con detalles a juego. Joyas y accesorios: Colgantes y collares de oro puro —desde cadena chata, guachapalí hasta rosario y otros— que tradicionalmente suman siete o más piezas de oro alrededor del cuello. Peinetas: Grandes peines de oro y/o carey (caparazón de tortuga) que coronan el peinado. Tembleques: Orfebrería que adorna la cabeza: piezas delicadas hechas con escamas de pescado, perlas, cristales o hilos de oro, diseñadas para temblar al ritmo del baile. Tipos de pollera La familia de polleras es vasta: desde la Pollera de Gala —la más elaborada y festiva— hasta la Pollera Montuna, pasando por variantes regionales según técnicas de bordado (sombreada, zurcida, marcada). Lujo, valor y tiempo Si la pollera es arte, sus accesorios son joyas vivas. El conjunto completo (pollera + tembleques + peinetas + collares de oro) puede rondar desde $18 000 hasta más de $25 000 o más según los materiales, con peinetas y tembleques de oro que suman valor propio. Vestirse de pollera no es rápido: las artesanas invierten meses, a veces hasta dos años para que cada puntada y cada flor bordada cuenten una historia en seda y oro. En Las Tablas, esas historias caminan juntas una vez al año, como si fuera un río de encajes brillantes que recuerda quiénes somos, de dónde venimos, y que la belleza también puede ser tradición y memoria viva.
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