JUSTO ALDÚ

DESFILE DE LAS MIL POLLERAS

La calle se vuelve espejo

y el sol aprende a bordar.

No caminan mujeres:

avanzan constelaciones de tela,

mares de encaje domesticado,

vientos blancos que saben girar.

 

Cada pollera es un mapa antiguo

donde la aguja escribió la paciencia,

un alfabeto de hilos

que deletrea la historia

sin necesidad de voz.

Blanca como promesa,

pesada como herencia,

ligera como el paso que la sostiene.

 

Las hay de gala,

con joyas que suenan a campanas mínimas,

oros que conversan con el cuello del tiempo;

las hay montunas, sobrias,

con la elegancia callada del campo

y la dignidad del trabajo diario;

las hay con flores que no se marchitan

porque nacieron del pulso

y no del jardín.

 

El desfile no avanza:

respira.

Cada paso marca un compás invisible,

una música que no necesita instrumentos

porque nace del roce del encaje

con la piel orgullosa del istmo.

 

Las trenzas sostienen lunas,

peinetas que atrapan la luz

como si el día quisiera quedarse a mirar.

Y el tembleque —ese pequeño milagro—

tiembla no por miedo,

sino porque la belleza,

cuando es verdadera,

no sabe estarse quieta.

 

El público mira,

pero la tierra recuerda.

Recuerda manos anónimas,

noches largas,

costuras hechas con fe

y con futuro.

Recuerda que cada pollera

no es vestido,

es raíz.

 

Impresionante y llamativo

no por el brillo,

sino por la memoria que camina,

por la melodía blanca

que cruza la calle

como un río ceremonial.

 

Y cuando el desfile termina,

la calle queda distinta,

como si hubiera aprendido

que la identidad también desfila,

se mueve,

canta en silencio

y jamás se quita.

 

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