¡Cuanta vida llevabas
en tus dos ojos azules!
tan redondos que parecían
dos astros de madrugada.
Tú, milagro de Dios,
¡qué pequeño eres!
-estrellita de la galaxia-
y que grande ha de ser
sobre tu inconsciencia,
la verdad de tu mirada;
yo, pasaba ya muerto,
desecho en trocitos
junto a tu andante morada,
y todos los pasos después,
fueron torbellinos trotantes
cargados de rabia.
Nacemos dóciles, inmaculados,
con dos astros amaneciendo
portados en nuestra cara.
Pero el tiempo y la ira,
el egoísmo; la mentira
que sin compasión cabalgan...
los enturbia de odio,
-renacen las guerras-
y después los empaña.
¡Que Dios te guarde!
¡Que la luz te guíe!
Ser de algodón y nacar.
Tú, no comprendes.
Si yo pudiera decirte y
aunque ausente escucharas...
O tal vez tú me dijeras...
Si puediera en tu espíritu
regocijarme sin nada...
-Una orbe que flota-
yo, quisiera perderme,
aborrecer hasta mi alma.
y volver fragil y dócil,
nacido inocente y puro
en el azul de tu mirada.
-
Autor:
poetalibre (
Offline) - Publicado: 13 de enero de 2026 a las 04:11
- Categoría: Sin clasificar
- Lecturas: 23
- Usuarios favoritos de este poema: El Hombre de la Rosa, Mauro Enrique Lopez Z., alicia perez hernandez, MISHA lg, Salvador Santoyo Sánchez

Offline)
Comentarios3
Genial y precioso versar estimado poeta y amigo Poetalibre
Saludos de críspulo desde España
El Hombre de la Rosa
Muchas gracias estimado compañero de letras...
Reciba usted un fuerte abrazo!
Muchas gracias estimado compañero de letras...
Reciba usted un fuerte abrazo!
Poetalibre,
Tu poema es un rezo disfrazado de contemplación: se le habla a un niño, pero también a ese rincón del alma donde aún creemos que el mundo puede ser puro. Qué belleza esa imagen de los “dos astros de madrugada”; no solo describen unos ojos, sino una promesa: la de una luz que apenas empieza, sin sombras todavía.
Leí tus versos con un nudo suave en la garganta. Porque sí: nacemos con luz, y luego la vida nos empaña. Pero tú, con tus palabras, te permites (y nos permites) mirar hacia esa infancia perdida como si aún pudiéramos tocarla.
Hay una tristeza madura en tu poema, pero también una esperanza terca. La esperanza de que aún podemos “volver frágiles y dóciles”, renacer no con el cuerpo, sino con el alma.
Gracias por este poema que más que leerse, se respira. Con ternura, con silencio, y con un leve temblor de quien reconoce que alguna vez también fue astro limpio en la cara de un niño.
Saludos,
-LOURDES
Poetas somos
Muchísimas gracias por su extraordinario comentario estimada Lourdes.
Reciba un fuerte abrazo!
Igual para ti, amigo.
La inocencia no se pierde: se vuelve inhabitable. No porque algo la destruya, sino porque el tiempo introduce peso, fricción, memoria. Al comienzo, la vida no se piensa; ocurre. Después, cada gesto arrastra sedimentos: cálculo, defensa, repetición. No hay caída moral, hay acumulación. El sujeto no desea ser otro; desea no estar dividido.
Lo que se llama corrupción no es vicio, es adaptación prolongada. El cuerpo aprende a tensarse antes del golpe; la conciencia, a desconfiar antes de mirar. Así, lo originario no desaparece: queda sepultado bajo capas de experiencia que ya no saben retirarse.
El deseo de volver no es nostalgia ni redención. Es la intuición de que hubo un estado sin reverso, donde existir no implicaba vigilarse. Pero ese estado no admite retorno porque no era un lugar, sino una condición sin memoria. Volver exigiría olvidar y el olvido nunca obedece.
Por eso el anhelo lastima: no apunta al pasado, sino a una imposibilidad estructural. No se quiere ser niño otra vez; se quiere existir sin el espesor que el tiempo impone. Eso —una vez aprendido a ser alguien— ya no ocurre y se entiende —sin palabras— que no fue el dolor lo que lo endureció, sino la costumbre de sobrevivir.
La reencarnación del título no afirma un suceso. Niega la literalidad del retorno. Es deseo de reinicio ético, no de alma migrante. Volver a existir sin dureza acumulada. Sin ego, sin la violencia aprendida como forma de estar.
La Hechicera de las Letras.
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