¡Cuanta vida llevabas
en tus dos ojos azules!
tan redondos que parecían
dos astros de madrugada.
Tú, milagro de Dios,
¡qué pequeño eres!
-estrellita de la galaxia-
y que grande ha de ser
sobre tu inconsciencia,
la verdad de tu mirada;
yo, pasaba ya muerto,
desecho en trocitos
junto a tu andante morada,
y todos los pasos después,
fueron torbellinos trotantes
cargados de rabia.
Nacemos dóciles, inmaculados,
con dos astros amaneciendo
portados en nuestra cara.
Pero el tiempo y la ira,
el egoísmo; la mentira
que sin compasión cabalgan...
los enturbia de odio,
-renacen las guerras-
y después los empaña.
¡Que Dios te guarde!
¡Que la luz te guíe!
Ser de algodón y nacar.
Tú, no comprendes.
Si yo pudiera decirte y
aunque ausente escucharas...
O tal vez tú me dijeras...
Si puediera en tu espíritu
regocijarme sin nada...
-Una orbe que flota-
yo, quisiera perderme,
aborrecer hasta mi alma.
y volver fragil y dócil,
nacido inocente y puro
en el azul de tu mirada.