Voces de la montaña

Lira y Delirio

La montaña, enrojecida

a prima tarde, concibe

que el sol de ella se despide,

y por eso está dolida.

 

No quiere verse dormida

en los brazos de otro amor;

le causa un hondo dolor

tener que ser compartida.

 

El día deja su guarida,

y ella escapa con la noche;

en su manto, como un broche,

lleva su fe suspendida.

 

La fauna, su compañía,

entre sus alas dormidas,

todas juntas y escondidas

bajo la noche sombría.

 

A salir al sol apura:

¡que con sus rayos penetre,

como dedos en su vientre

que bien moldeen su figura!

 

Así es como, mientras tanto,

se quiebra y se desconsuela;

todo su cuerpo se hiela:

su corazón y su llanto.

 

Y en su torso, una fisura

le parte en dos la razón;

también muere la ilusión

y agoniza en su amargura.

 

Hay en su pecho violencia,

y ella a la aurora persigue;

sin gloria y con pena sigue,

y sin cargo de conciencia.

 

Con su creciente inocencia,

su corazón, como un tonto,

pide al día que vuelva pronto

y perdone su impaciencia.

 

Espera a la madrugada

con ansias de ser feliz,

y curar la cicatriz

de su falda desgarrada.

 

Apolo

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  • Autor: Apolo (Seudónimo) (Offline Offline)
  • Publicado: 12 de enero de 2026 a las 18:42
  • Categoría: Naturaleza
  • Lecturas: 2
  • Usuarios favoritos de este poema: JUSTO ALDÚ
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Comentarios +

Comentarios1

  • JUSTO ALDÚ

    El poema personifica a la montaña como un ser sensible, atravesado por el abandono y el deseo, convirtiendo el ciclo natural del día y la noche en un drama emocional. La luz y la sombra funcionan como fuerzas amorosas opuestas, y el sol se vuelve objeto de una espera casi obsesiva. El lenguaje es intenso y corporal, llevando la metáfora hasta un territorio de fisura, herida y desconsuelo. Destaca la constancia del anhelo, que persiste aun después de la ruptura y el frío. El texto transforma el paisaje en un escenario interior donde la naturaleza refleja una vulnerabilidad profundamente humana.

    Saludos



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