Lira y Delirio

Voces de la montaña

La montaña, enrojecida

a prima tarde, concibe

que el sol de ella se despide,

y por eso está dolida.

 

No quiere verse dormida

en los brazos de otro amor;

le causa un hondo dolor

tener que ser compartida.

 

El día deja su guarida,

y ella escapa con la noche;

en su manto, como un broche,

lleva su fe suspendida.

 

La fauna, su compañía,

entre sus alas dormidas,

todas juntas y escondidas

bajo la noche sombría.

 

A salir al sol apura:

¡que con sus rayos penetre,

como dedos en su vientre

que bien moldeen su figura!

 

Así es como, mientras tanto,

se quiebra y se desconsuela;

todo su cuerpo se hiela:

su corazón y su llanto.

 

Y en su torso, una fisura

le parte en dos la razón;

también muere la ilusión

y agoniza en su amargura.

 

Hay en su pecho violencia,

y ella a la aurora persigue;

sin gloria y con pena sigue,

y sin cargo de conciencia.

 

Con su creciente inocencia,

su corazón, como un tonto,

pide al día que vuelva pronto

y perdone su impaciencia.

 

Espera a la madrugada

con ansias de ser feliz,

y curar la cicatriz

de su falda desgarrada.

 

Apolo

Copyright © Todos los derechos reservados.