Intentarlo no siempre es amar

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Te comprendo en cada momento. No me molesto; intento no ponerme triste de más, pero ¿hasta cuándo voy a ceder?

 

Solo era mi cumpleaños, una fecha más quizás. Solo quería estar contigo. Hiciste planes —importantes, lo entiendo—, pero pusiste lo mío en un lugar inferior.

 

Cedo, cedo… ¿y tú lo intentas? ¿Intentas arreglar las cosas? Hace tiempo que no lo siento. Verme llorar no te incomoda; el quererme matar no te acongoja. Eres mi pareja, pero si es así, ¿por qué no siento calma? Soy tu lugar seguro, pero ¿cómo puedes ser el mío?

 

Constantemente tengo frío, miedo, preocupación y un dolor en el pecho que me quita el sueño. Si esto es vivir, por favor, que me quiten la posibilidad.

 

Lo intentas… supongo que “lo intentas”, desde ese intento fingido de ser una buena pareja. Pero solo lo intentas: jamás has resuelto una sola cosa. Lo aplazas todo y yo termino sintiéndome exagerada.

 

Me siento oculta, incluso estando en tu muro. Me siento tonta, me siento inútil, incapaz. Estar en tus historias debería bastar, pero no logro encontrar calma en tu mirada, en el desvío de tus ojos cuando alguien más te atrapa. Te imaginé diferente al resto y, otra vez, me equivoqué. Me fallaste; yo no fallé. Me rompiste… y me dejé.

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Comentarios1

  • La Hechicera de las Letras

    Buen control de la exposición directa del desgaste emocional, coherencia interna sólida.
    El “tú” aparece desnudo en su descuido, frío y ausente, sin un atisbo que lo humanice. Perfecto para acusar, impecable para señalar, pero demasiado uniforme: no deja resquicio. La denuncia brilla, sí, pero la tensión se aplana; el drama pierde matiz porque no hay contradicciones que mantengan al lector en alerta, que lo hagan dudar, más allá de la condena evidente.

    La típica mal parida relación donde la balanza nunca se inclina a favor de quien más entrega. Uno se desgasta, se expone, se desarma en silencio, mientras el otro mantiene la apariencia de intención, pero no hay compromiso real. No es descuido accidental: es comodidad sostenida, indiferencia disfrazada de intento. Quien da termina atrapado en su propia generosidad, creyendo que ceder es suficiente, mientras el otro pospone responsabilidades, ignora el dolor ajeno y perpetúa la desigualdad.

    Hay una crueldad silenciosa en esto: cada gesto mínimo de afecto no correspondido, cada promesa de reparación aplazada, se vuelve un recordatorio de que el cuidado nunca será equitativo. La frustración, la ansiedad y la pérdida de identidad no surgen de la casualidad: son el precio de sostener a alguien que jamás quiso sostenerte de verdad.

    Al final, quien se queda en esa posición aprende la verdad dura: ceder no es amar y permanecer allí es permitir que la negligencia ajena se naturalice. Reconocerlo es doloroso, pero es el primer paso para salir de un vínculo que desgasta más de lo que aporta.

    La Hechicera de las Letras.



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