Gajes del rodaje / Alta traición

Romey


AVISO DE AUSENCIA DE Romey
Me retiro a mi soledad eterna.
Enciendo esta noche una linterna
entre el frío que por esta ventana
entra a borbotones, como mi alma
en la muerta materia desvencijada
haciéndola jirones de blanca niebla.
Me retiro a mi soledad eterna,
aunque nunca daré por perdida
aqueya estreya que briya a oriyas
de mi vida, entre marea y arena...
Me voy volando al alba al despertar
a esta realidad tan extraña,
que se sueña, es la verdad...
Me voy flotando en una ola enfática,
a toda velocidad, cortando las aguas,
y la gran distancia que nos separa igual.

Había vuelto a las andadas, y eso era bueno desde todos sus puntos de vista. Sus manos estaban pintadas de rojo. La primera escena de su nueva película casera había quedado perfecta. Su actuación frente al espejo había sido sublime. Qué magnífica idea interpretar a un crónico suicida, pensaba. El guión lo había improvisado casi por completo, y le había salido de perlas. Sin embargo no sentía alegría, ni siquiera un poco de euforia, sino pura angustia. Aunque eso no le impedía sentirse orgulloso de sí mismo, de su doble rol como director y actor, de su autocontrol y de su estilo sicológico

Era una maravilla ese inquietante poder de manifestar sus ideas de una manera tan directa, vívida, nítida como un instante inolvidable. El planteamiento preliminar al acto de actuar era ni más ni menos que simular la muerte del protagonista ayudándose de su ingenio, ahora tan hiperactivo, y también de la pintura roja contenida en un caldero situado bajo el bidé, ante sus pantorrillas, fuera del marco de la cámara de su móvil

Esta película prometía acabar siendo su obra maestra. Nunca antes se había sentido tan involucrado en el proceso de recreación de un estado mental tan extendido y propagado por todo el mundo moderno. La anterior tampoco había quedado mal, pero no había conseguido reflejar la abstracción surrealista en la que vivía entonces constantemente envuelto y deseando demasiado dejarla estampada en imágenes móviles. Faltaba una chispa para hacer la luz de un fuego que espantara la blanca oscuridad de la mente sin inspiración. Y esa chispa se había encarnado en una persona, pero no en una persona normal de carne y hueso, sino en una construcción mental. Comenzó imaginando una silueta difusa, oculta en el mundo de los espejos, como una manifestación extracorpórea de sí mismo, aunque no lo veía igual que a su reflejo, pues ya sabía que era un personage cinematográfico que estaba naciendo de su cuerpo astral y causándole a su contraparte física un pasmo semejante al producido por un relámpago inesperado

Era la primera vez que se tomaba tan en serio un arte que había considerado como menor, inferior a la poesía y al dibujo. Además ahora tenía bastante claro que era una forma de expresión más efectiva que las otras para sacar su imaginación a relucir provocando una amplia amalgama de emociones entre las que reinaba el desamparo. Pues sí, era obvio que nunca había conseguido identificarse tanto con un personaje de ficción. En ese momento yacía acostado en el sofá del salón, mirando en el techo diferentes fotogramas de la vida del suicida. Veía con claridad las fotos de su amada perdida para siempre, iba trazando la curva sensual de su sonrisa, la redondez de sus ojos verdes como olivas, y a la vez creando recuerdos, noches de embriaguez y placer en el lecho o donde les cuadrara, las discusiones acabadas en abrazos a falta de más palabras, cercanía que no terminaba de desmentir sus diferencias, hasta el punto en el cual ambos se dieron cuenta de que toda reconciliación era una rendición, una ausencia de valores fomentada por esa compartida necesidad de follar aplazando continuamente la eyaculación para omitir de sus mentes la conciencia del paso del tiempo. Al rato ya estaba llorando y se acabó durmiendo con las mejillas bañadas en lágrimas

Al día siguiente el actor, realmente afectado por el drama ficticio de su personage, decidió abandonar la película tras una discusión con el director, con el mismo tipo que después le confesaría estar muy de acuerdo en cancelar la grabación de la muerte del suicida, en rematar la obra apenas habiendo dado forma al primer acto, según sus propias palabras, a las que dotó de un tono bastante sarcástico, en contraste con su porte aparentemente magnánimo, o más bien indiferente a cualquier nefasto resultado fruto de su actitud de ausente presente, oscuro y lúcido platicando con su reflejo en verbo pretérito como si no fuesen ambos una sola persona sin futuro

 

 

 

Eran nueve mafiosos alrededor de una mesa: rostros serios, trajes oscuros, ostentosos relojes de pulsera. Sobre la mesa había un montón de fotografías desperdigadas a la vista de todos los mafiosos

 

-Hostia puta, Zeta, te han cogido con las manos en la moza. En esta se ve bien como le aprietas el trasero. Me recuerda a una escultura de Miguel Ángel o sabe Dios quién

 

-Estoy jodido. Con el agua hasta el cuello. Pero, bueno, me consuela que a mi solo me hayan pillado manoseando a la hija del jefe de la policía. Mira ésta otra, aquí está nuestro buen colega Reinaldo ordenando el arsenal, en el sótano

 

-Maldita sea! Cómo cojones se supone que han podido sacarme esa puta foto. Literalmente lo debía tener a no más de cuatro metros tras de mí

 

Los tres que habían roto el silencio callaron y observaron a los otros, que seguían tan callados e inalterables como al principio. Entonces el jefe carraspeó estridentemente y dijo lo siguiente en voz tan baja que solamente los dos mafiosos que tenía más cerca pudieron discernir las palabras y comprender el mensaje del todo bien:

 

-Hay un traidor entre nosotros

 

Hubo un nuevo lapso de silencio. Éste parecía perpetuarse. Cuatro de los mafiosos (Reinaldo, Torres, Zeta, y uno más, un novato, cuyo nombre ninguno recordaba; lo llamaban pinche unos, mocoso otros, aprendiz el resto, incluido el jefe), dirigían fugaces, suspicaces miradas a las caras de sus compinches. De los otros cuatro uno (Capisco) sostenía con los dedos de ambas manos una de las fotografías y la observaba con el ceño fruncido; otro (Luis Peralta) desplazó la silla hacia atrás cuidadosamente, se levantó sin dejar de llevar la cabeza gacha y caminó hasta el frigorífico, lo abrió y extrajo una botella de whisky de la que quedaba el culín, lo bebió y lanzó su mano derecha a por la botella de whisky a la que aún nadie le había quitado el precinto, la sostuvo con dos dedos pero al tirar de ella se pasó con la fuerza y le falló el agarre, con lo cual la botella salió disparada hacia la nuca del jefe, que ipsofacto cayó muerto a causa del fortísimo traumatismo

 

-Mierda...

 

-Maldito traidor hijo de la gran puta 

 

-Preparate para comer una buena ración de plomo. Lo supe desde el principio

 

Este par de fieras eran los otros dos que no habían tirado miradas suspicaces a sus colegas. Ambos habían permanecido aquel instante con la vista fija en sus armas. Uno (Kater), como de costumbre en los momentos tensos, se miraba la cicatriz de su mejilla derecha en el reflejo de su curtido cuchillo de combate. El otro (El Pipas) limpiaba el cañón de su Desert Eagle introduciéndole una varilla. De hecho cuando la cabeza del jefe se desplomó sobre la mesa todavía estaba la varilla metida en el cañón. Apuntó y disparó pretendiendo perforar la cabeza del desafortunado Luis Peralta, a quien solamente alcanzo la varilla en un hombro, donde quedó espichada. A pesar de todo fué capaz de contener el grito de dolor gracias a lo que presenciaron sus ojos: la bala debió fraccionarse en varios cachos, cuatro de ellos quedaron incrustados en las frentes de cuatro de los mafiosos, que calleron de golpe como sacos llenos de patatas. Los tres restantes sufrieron peor suerte: el whisky había quedado derramado por la mesa, donde casualmente estaban las inflamables fotografías y un pequeña bombona que era el cargador del lanzallamas, puesto que recientemente lo habían adquirido, y antes de que el jefe los llamara a todos a reunión habían comenzado los preparativos para salir a estrenarlo quemando una fábrica abandonada. Pues bien, varios fragmentos de bala perforaron en media milésima de segundo el bote de combustible, que estalló haciendo saltar gas líquido en llamas a sus ostentosos relojes de pulsera, a sus trajes oscuros, a sus rostros serios que acabaron descarnados. Mientras tanto Luis Peralta se estaba carcajeando como un loco de remate, antes de caer igualmente muerto, ya que al contraer el pecho por la inmediata obligación de soltar la risotada la varilla le pinchó el corazón como si fuese un balón que su superior en el departamento solía patear sin piedad

  • Autor: Romey (Offline Offline)
  • Publicado: 24 de diciembre de 2025 a las 22:22
  • Categoría: Sin clasificar
  • Lecturas: 6
  • Usuarios favoritos de este poema: Haz Ámbar
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Comentarios1

  • Haz Ámbar

    Me inquieta, profundamente, como un bálsamo a la euforia programada contra el vórtice.



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