Y si... Lo tiene todo

Adriana01

Y si para mí tienes la intensidad que a mi vida le hace bien,

el ardor que me da vida,

el desapego que me deja ser libre,

los brazos que jamás pensé querer refugiarme.

Tú tienes la música, la duda, la certeza y la incertidumbre

que hoy quiero en mi vida.

Tú tienes la música, la duda, la certeza y la incertidumbre

que hoy quiero en mi vida...

Tú eres el susurro que rompe el silencio muerto,

el fuego que no quema, sino que ilumina el camino en la más penumbra

oscuridad.

Mientras que yo navego entre el desapego y el anhelo,

tú eres el puerto que no sabía que esperaba.

El ardor que me da vida no es más que tu respiración, que lejos de molestarme,

me conecta con esa parte de mí que entre escombros renace.

El desapego que me libra es el espacio que te dejo ser.

Los brazos donde me refugio son ahora mi horizonte, donde la música se refleja

con mi propia canción de libertad.

Hay duda en cada paso, certeza en cada mirada,

incertidumbre que cada día hace que sea un nuevo día.

Tú eres lo que necesitaba sin saberlo,

el equilibrio entre volar y tener un lugar donde aterrizar.

El equilibrio entre volar y tener un lugar donde aterrizar.

Tu música se cuela entre mis huesos, hace temblar el desapego

y me recuerda que ser libre no significa estar solo.

La duda se convierte en danza, la certeza en un compás,

la incertidumbre en el aire que llena mis pulmones cuando te miro.

Los brazos que jamás pensé querer son ahora el cielo donde vuelo,

donde el ardor que me da vida se calienta con tu calor.

Yo sigo siendo yo, libre, desapegada, libre para cualquier camino,

pero ahora ese camino tiene tu sombra, tu canción y tu ritmo.

Hay días que la duda grita más fuerte,

días que la certeza lo domina todo, pero siempre está tu música,

tejiendo en cada instante.

El desapego me deja ser, tus brazos me hacen sentir, y entre los dos

encontré la vida tal y como siempre quise que fuera:

ardiente, libre, llena de ti.

Ardiente, libre, llena de ti.

Ahora el desapego no es huida, es confianza,

confianza en que tu refugio no me atará, sino que me hará volar más alto.

Tu música es el eco de mis propios deseos, la duda me hace preguntar,

la certeza me hace decidir y la incertidumbre me hace vivir cada segundo

como si fuera el primero.

Los brazos que antes ignoraba son ahora el marco de mi libertad,

donde el ardor se convierte en luz, no en ceniza.

Yo sigo flotando, pero contigo veo en el horizonte un rumbo,

no un camino marcado, sino un sentido que se va construyendo

en cada abrazo.

Hay momentos en que la música se calla, solo queda la incertidumbre,

pero incluso entonces la certeza de que tú estás ahí es suficiente.

El desapego me deja ser yo, tu presencia me hace sentir más yo,

y entre el SER y ese MÁS, la vida late con un ardor que jamás sentí:

libre, refugiada, tuya, sin perderme a mí misma.

Libre, refugiada, tuya, sin perderme a mí misma.

Y entonces la música vuelve a sonar suave como un susurro que regresa,

y lo que siento se expande, llena el espacio entre nosotros.

El desapego sigue siendo confianza, tus brazos siguen siendo el marco

de mi libertad.

El alrededor sigue siendo luz, no se apaga.

La duda me hace mirar el futuro con curiosidad, no con miedo.

La certeza me hace agarrarme a este instante como una nota perfecta,

la incertidumbre me hace sonreír, porque sé que cada día será una nueva canción.

Yo sigo siendo yo, tú sigues siendo tú, pero nuestra música es una sola,

la que se hizo cuando te encontré, la que vive en cada abrazo,

en cada mirada, en cada segundo que vivimos como si fuera el primero.

Libre, refugiada, tuya y mía a la vez, así es la vida que encontramos,

llena de ardor, de música y de ese equilibrio que nunca sabemos que necesitábamos.

Llena de ardor, de música y de ese equilibrio que nunca supimos que necesitábamos.

Y así la música llega al último acorde, no un final abrupto, sino un susurro que se desvanece,

pero queda ahí, en el silencio que viene después.

El ardor sigue calentándonos, el desapego sigue dándonos libertad,

tus brazos siguen siendo nuestro horizonte.

La duda, la certeza, la incertidumbre siguen ahí,

pero ahora forman parte de una misma melodía: la nuestra.

Hemos encontrado lo que buscábamos sin saberlo: un lugar para aterrizar

que nos hace volar más alto, una música que se mezcla con la nuestra,

una vida que es ardiente, libre y llena de ti,

y ese es el final que no es un final,

es el comienzo de cada día que vivimos juntos,

con la misma música en el corazón.

 

Adriana Horminoguez 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Comentarios +

Comentarios2

  • El Hombre de la Rosa

    Hermoso y genial tu bello poema estimada poetisa y amiga Adriana
    Saludos de Críspulo desde España
    El Hombre de la Rosa

  • Daniel Omar Cignacco

    Este poema se construye como una pieza de gran amplitud emocional y estructura casi musical, donde la repetición, la variación y el crecimiento progresivo de las ideas crean un efecto de inmersión afectiva. Más que un poema lineal, funciona como una espiral lírica: vuelve constantemente a los mismos núcleos temáticos —música, libertad, desapego, duda, certeza—, pero en cada retorno los resignifica, ampliando su densidad emocional.

    Uno de sus mayores logros es la forma en que transforma conceptos abstractos en experiencias sensoriales. La “música” no es solo una metáfora decorativa, sino un principio organizador de la relación: estructura el vínculo, da ritmo al pensamiento y convierte el amor en una forma de composición compartida. Del mismo modo, la duda, la certeza y la incertidumbre dejan de ser estados mentales aislados para convertirse en fuerzas vivas que dialogan entre sí, casi como instrumentos dentro de una misma partitura emocional.

    El poema destaca también por su capacidad de sostener una tensión fundamental sin resolverla: la aparente oposición entre libertad y refugio. Sin embargo, en lugar de presentar estos términos como contradictorios, el texto los reconfigura como complementarios. El “desapego” no implica distancia afectiva, sino confianza; los “brazos” no representan prisión, sino horizonte; la “libertad” no es soledad, sino posibilidad de vínculo sin pérdida del yo. Esta inversión conceptual aporta al poema una madurez reflexiva notable.

    Desde el punto de vista estilístico, la repetición juega un papel central y deliberado. Frases como “Tú tienes la música…” o “Libre, refugiada, tuya…” funcionan como anclas rítmicas que imitan el movimiento de una canción. Lejos de ser redundancia, estas repeticiones construyen una sensación de insistencia emocional, como si la voz poética necesitara reafirmar una y otra vez lo que siente para hacerlo plenamente real. Este recurso aproxima el poema a una forma de canto meditativo.

    Otro aspecto destacable es la progresión interna del texto. A medida que avanza, el poema pasa de la afirmación del impacto del otro en la vida del yo lírico a una integración más profunda: ya no se trata solo de “tú me haces sentir”, sino de “nosotros construimos una música compartida”. Este desplazamiento del individuo hacia lo relacional da al texto una evolución emocional clara, que culmina en una visión de coexistencia sin pérdida de identidad.

    El lenguaje, aunque extenso y a veces expansivo, mantiene una coherencia simbólica sólida. Las imágenes del fuego que ilumina, del puerto, del horizonte o del aterrizaje construyen una red semántica vinculada al movimiento, la orientación y la transformación. Todo el poema parece girar en torno a una misma idea: el amor como espacio dinámico donde se aprende a volar sin perder dirección.

    En su cierre, el poema evita el final cerrado y opta por una conclusión abierta que refuerza su propia filosofía: la vida como continuidad musical más que como término. Esta decisión es particularmente acertada, porque convierte la experiencia amorosa en proceso, no en destino, y refuerza la idea de que el vínculo no clausura la libertad, sino que la expande.

    En conjunto, se trata de un poema de gran ambición lírica y emocional, que apuesta por la repetición como forma de pensamiento y por la metáfora musical como estructura de sentido. Su mayor virtud reside en lograr que la emoción no sea solo expresada, sino organizada como experiencia rítmica, donde amar, pensar y existir se funden en una misma melodía en constante evolución.



Para poder comentar y calificar este poema, debes estar registrad@. Regístrate aquí o si ya estás registrad@, logueate aquí.