Hoy presiento que el corazón va a dolerme,
dolerme como jamás ha sabido doler,
como si las manos del mundo me arrebataran lo que más amo.
Pero, ¿cómo comparar este presagio,
si no existe en la tierra un dolor capaz de parecerse
al que hoy se asoma en mi pecho como una sombra inevitable?
Las palabras se me quedan atrapadas,
la mirada se me empaña como quien pierde, lentamente, la vida.
Y quizá esto mismo sea morir un poco:
sentir que el aire se fuga,
sentir que la fuerza del vivir se adelgaza,
sentir la voz quebrarse
mientras la mente repite su nombre,
su nombre,
su nombre,
como un eco que no conoce descanso.
No recuerdo haber amado con tanta hondura,
con tanto incendio, con tanta hambre.
Y hoy ese fuego se me vuelve ceniza,
esa intensidad se me amansa en las manos,
esas ganas se me desprenden como hojas en otoño.
Todo lo que un día ardía, ahora tiembla.
Y sin embargo, siento que es justo
que así termine mi historia.
Yo, que vivía en la noche más sola,
fui rescatado por su luz,
por la claridad que ella derramó sobre mi vida.
Me mostró la alegría,
me enseñó el milagro breve del amor,
me sostuvo un instante sobre la tierra.
Por eso digo que es justo que se lleve la luz que nació de ella,
que recoja la felicidad que puso en mis manos,
que guarde la vida que yo construí en torno a su nombre.
Todo era suyo:
el amor que cultivó,
las horas,
los sueños,
y este corazón que ya no me pertenece
y que lleva su nombre tatuado hasta en lo más hondo.
Cuánto quisiera que todo fuera solo un presentimiento maldito,
pero hasta el presentimiento me susurra
que ya todo está decidido.
A mí solo me queda el recuerdo de sus ojos,
de esa mirada que derribaba mis dudas,
de su voz que me salvaba sin saberlo,
cada noche,
como una plegaria o un milagro.
Su aroma —lluvia y fruta—
aún vive en mi memoria, intacto.
Y su risa, esa risa tan contagiosa, tan tibia,
esa que me llenaba de vida.
Y su manera única de amar,
tan suya,
tan brillante incluso en el enojo.
Me niego a creer que ya no existirá conmigo.
En este mundo no existe ni existirá alguien
que la ame como yo la amo,
ni quien entregue su vida por ella
como yo la entregaría sin titubear.
Porque se necesita un amor aún más grande
que el que hoy me desborda
para dejarla ir.
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Autor:
Merlin el Mago (
Offline) - Publicado: 9 de diciembre de 2025 a las 19:38
- Categoría: Amor
- Lecturas: 14
- Usuarios favoritos de este poema: Carlos Armijo Rosas ✒️, Mauro Enrique Lopez Z., JUSTO ALDÚ

Offline)
Comentarios1
Técnicamente, el poema avanza en oleadas: declaraciones largas y hondas que se rompen en repeticiones (“su nombre, su nombre”), imágenes corporales (“el aire se fuga”, “la mirada se me empaña”), y una prosa poética que se desliza como una plegaria. Hay un acierto notable en la forma en que se construye el amor perdido: no desde el reproche, sino desde la gratitud dolorosa. La luz, la risa, la voz y el aroma aparecen como reliquias sensoriales que sostienen el recuerdo con una precisión casi íntima.
La síntesis final es clara: el poema explora cómo el amor más profundo no se mide por la posesión sino por la capacidad —dolorosa y noble— de dejar ir aquello que fue verdad. La voz poética se afirma desde la vulnerabilidad: amar tanto que incluso la despedida se vuelve una forma extrema de entrega.
Me gustó,
Saludos
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