Había un hombre con dos hijos.
Y el menor ardía,
ardía de deseo,
de ese deseo desolador
que confunde el hambre con el cielo.
Reclamó su herencia antes del tiempo,
como quien arranca un fruto aún verde,
sin escuchar el lamento del árbol.
Y el padre, rendido,
no por amor,
sino por el eco de su propia imagen,
asintió.
Su gesto fue lento,
un temblor sin consuelo.
El hijo menor emprendió camino.
Partió bajo un cielo limpio,
dejando tras de sí
el polvo del sendero
y el silencio evocador
de quien contempla lo que pierde.
El hijo mayor permaneció.
Permaneció entre los surcos,
donde la tierra respira despacio,
donde el sol reitera su rito sin júbilo.
Sus manos laboraban con lealtad,
su gesto era dócil,
su amor, raíz silenciosa.
Cada día transcurría igual,
pero en esa reiteración humilde
había una ternura que no exigía nada.
El padre lo observaba sin fulgor,
con un afecto apagado,
con la memoria anclada
en la sombra que se había marchado.
Pasaron los años.
Y un día, cuando la tarde se deshacía,
una silueta se alzó en el horizonte.
Una sombra fatigada,
pero altiva todavía,
como si el pecado resplandeciera.
El pródigo retornaba.
Regresaba exhausto,
cubierto de polvo,
pero aún con esa luz arrogante
de quien se sabe inevitablemente perdonado.
El padre corrió hacia él.
Corrió con júbilo ciego,
con desesperación antigua,
como si el retorno borrara la ausencia.
Mandó traer el manto más fino,
el anillo más puro,
el ternero más nutrido.
Y la casa se inundó de vino,
de risas,
de música que hería dulcemente.
Desde los campos, el hijo fiel percibió la fiesta.
El rumor del júbilo
le alcanzó como una herida envuelta en miel.
Preguntó qué sucedía.
Y un criado murmuró:
—Tu hermano ha vuelto,
y tu padre exulta por su regreso.
Entonces el hijo fiel se detuvo.
Contempló las luces que vibraban en la distancia,
el humo que ascendía despacio,
y sintió el peso antiguo
de quien ofrece sin ser reconocido.
Atravesó el umbral.
Y allí lo vio:
al padre estrechando al hijo que partió,
al pródigo reír,
luminoso y vano,
como los ídolos que reclaman adoración.
—Padre —susurró el hijo fiel—,
tantos años te sirvo,
jamás contravine tu palabra,
y nunca me concediste ni un cabrito
para compartir mi alegría.
El padre lo contempló con ternura distraída.
—Hijo —pronunció—,
tú moras siempre conmigo,
y todo cuanto me pertenece es tuyo.
Pero hay que regocijarse:
tu hermano estaba muerto,
y ahora respira.
Entonces el hijo fiel enmudeció.
Guardó un silencio desolador.
Comprendió que su amor no relucía,
que su constancia carecía de eco,
que el padre veneraba el fuego del arrepentimiento
más que la llama invisible de la fidelidad.
Giró lentamente.
Inclinó el rostro hacia el polvo.
Y se alejó.
El campo lo aguardaba,
inmenso y mudo.
El viento rozó su piel con voz antigua,
con voz de trigo,
con voz de polvo y desesperación.
Caminó.
Caminó hasta donde la tierra
se confunde con el cielo.
El aire era frío y evocador,
y en su soplo descubrió su destino:
una soledad sin confines,
una calma sin perdón.
Detrás de él,
el padre reía.
Reía con el hijo regresado,
ebrio de orgullo,
ciego al vacío que crecía a su alrededor.
Nadie percibió la ausencia
de quien nunca se marchó.
Y cuando la fiesta se extinguió,
solo persistió el silencio.
Un silencio inmenso, desolador,
el silencio de la fidelidad
cuando muere de olvido.
El padre, que había recuperado al perdido,
jamás comprendió
que el verdadero extravío
fue dejar partir a quien lo sostenía todo.
Y el hijo fiel,
en su marcha sin retorno,
se llevó consigo una verdad sin consuelo:
que hay corazones que se fracturan
no por el abandono,
sino por la desidia.
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Autor:
HARWIN STRONG (
Offline) - Publicado: 7 de noviembre de 2025 a las 17:10
- Categoría: Sin clasificar
- Lecturas: 8
- Usuarios favoritos de este poema: JoseAn100

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