Por estas latitudes,
la oscuridad se nos hizo costumbre,
no por gusto,
sino por el tercer mundo que nos toca,
esa herencia de sombras
y esperanzas a medias.
Y ahí,
en medio de la oscuridad
que envolvía los pequeños cerros,
aprendí a querer esas luces,
a soñarlas despierto,
esos pequeños faros
titilando sin apuro,
jugando a las escondidas
entre los arbustos y matorrales,
regalándome en agosto
una Navidad sin frío,
un arbolito de luces
que encendían
al compás del canto de los grillos.
Respiraba entonces
ese aire fresco de la noche,
guardando los destellos,
uno a uno,
como quien guarda una chispa de vida,
un minúsculo fuego que a veces,
sólo a veces, logra encender el día,
ese día gris
que hoy tanto se repite en el calendario.
Pero los años se nos van acumulando,
y pesan,
pesan en la factura de esas pequeñas luces.
Porque alumbrar ahora,
no sirve de nada si nadie,
absolutamente nadie,
puede encontrarte.
Y sin embargo,
a veces, muy de vez en cuando,
me asalta una esperanza,
una sonrisa efímera,
tan fugaz como esa mosca
que vuela en la negrura
y se enciende, por un instante,
apenas un parpadeo,
cuando por casualidad
atrapa un rayo de luz.
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Autor:
Carlos Baldelomar (Seudónimo) (
Offline)
- Publicado: 28 de agosto de 2025 a las 12:46
- Comentario del autor sobre el poema: En mi tierra Nicaragua, se nos hizo costumbre en nuestra infancia vivir en los apagones nocturnos. En ese entonces uno de niño, se maravillaba con las luciérnagas. Es un recuerdo o más bien una esperanza que quedó indeleble.
- Categoría: Reflexión
- Lecturas: 4
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