Carlos Baldelomar

🪰🔦 LUCES DE ESPERANZAS

Por estas latitudes, 

la oscuridad se nos hizo costumbre, 

no por gusto, 

sino por el tercer mundo que nos toca, 

esa herencia de sombras 

y esperanzas a medias. 

 

 

Y ahí, 

en medio de la oscuridad 

que envolvía los pequeños cerros, 

aprendí a querer esas luces, 

a soñarlas despierto, 

esos pequeños faros

 titilando sin apuro,

 jugando a las escondidas 

entre los arbustos y matorrales, 

regalándome en agosto 

una Navidad sin frío, 

un arbolito de luces 

que encendían 

al compás del canto de los grillos.

Respiraba entonces 

ese aire fresco de la noche, 

guardando los destellos,

uno a uno, 

como quien guarda una chispa de vida, 

un minúsculo fuego que a veces, 

sólo a veces, logra encender el día, 

ese día gris 

que hoy tanto se repite en el calendario.

Pero los años se nos van acumulando, 

y pesan, 

pesan en la factura de esas pequeñas luces. 

Porque alumbrar ahora, 

no sirve de nada si nadie, 

absolutamente nadie, 

puede encontrarte.

Y sin embargo, 

a veces, muy de vez en cuando, 

me asalta una esperanza, 

una sonrisa efímera, 

tan fugaz como esa mosca 

que vuela en la negrura 

y se enciende, por un instante, 

apenas un parpadeo, 

cuando por casualidad 

atrapa un rayo de luz.