MUJER

Alek Hine

Mujer:

 

Tu ardiente boca,

apasionado beso,

fruición de sexo oral;

¡un dúplice deleite!

 

Tu boca —roja fresa

por su mitad divisa,

cortada por su centro—,

a punto predispuesta,

en su caliente hálito

exhala el aromoso

efluvio de la menta,

y su amatorio beso

conserva deleitosa

frescura excitativa,

con húmido sabor

a verde yerbabuena.

Enfrente de mis ojos,

y solo para mí,

tu boca llamativa,

de labios encendidos

evocadora imagen,

es símil y metáfora,

y entonces toma forma

de vulva complaciente:

En cálido preámbulo

de oralidad sexual,

humecta el muelle ápice

sensual de mi obelisco,

lo prueba con su lengua,

lo envuelve con sus labios,

lo roza con sus dientes...

y vuelve con su lengua,

y con deslizamiento

sutil y juguetón,

relame la hendidura

y el circundante borde

sensible de mi cárdena

y túmida bellota,

la cual interna luego

en su bocal recinto,

y con mayor entrega

succiona más profundo,

en muestra de su clara

devoración sin par,

y llega más adentro,

de modo que el pináculo

de mi virilidad

se encuentra con la úvula:

un género de beso

tan íntimo y recóndito.

 

Tus senos curvilíneos

—metáfora perfecta

del líquido alimento:

alible y dulce leche—,

en forma inevitable,

memoran el antaño:

mi tiempo de lactancia... 

 

Magníficas ofrendas

al dios de mi deseo, 

tu par de nudos pechos

de aréolas rosáceas,

y tonos de nogal,

coloración de nuez,

en los pezones regios,

de antojo palatino,

los cuales, por respuesta

al suave mordisqueo

y al roce de mi lengua

y a mi succión fogosa,

se yerguen como torres:

altivos minaretes,

elatos alminares

crecidos y salientes,

¡elevación erótica!

 

En beso pasional,

ardiente y prolongado,

tus miembros superiores,

un lazo vincular

que tiene por extremos

tus dos pequeñas manos,

las cuales, con sus dedos

por nudo corredizo,

se mueven, cariciosas,

detrás de mi cabeza,

tocando mi cerviz,

atándose a mi cuello.

 

Tus delicadas manos,

habilidad sensual,

caricia erotizante...

En búsqueda del clímax,

tus sabedores dedos,

primero como plumas

y luego como pinzas,

aprietan ambos puntos

de la región torácica,

en el lugar preciso

y de manera justa,

y llevan hasta el culmen,

sacando de mi entraña

la tórrida semilla

¡cual magma incandescente

en erupción volcánica!

 

Tus rozagantes piernas

motivan mi libido,

la cual, en escalada,

de aquesas pantorrillas

de lúcidos molledos

asciende a tus hinojos

y a tus sensibles corvas,

y luego, poco a poco,

remonta la pendiente

de tus lozanos muslos,

¡en busca de esas cumbres

etéreas y fogosas!: 

tu complaciente sexo

y tu vital orgasmo,

dos fuerzas que en el coito

(en posición supina

tu cuerpo frente al mío)

convierten a tus piernas

en recias ataduras:

con el favor calcáneo,

aplican los talones,

¡se agarran a mis glúteos

y ciñen más el vínculo

en la culminación!

 

Tus primorosos muslos,

por la naturaleza

tallados en un torno,

presentan suavidad

cutánea como seda

e incitan la caricia

ansiosa de mi mano,

llevándola en ascenso,

a los marcados pliegues

de tus rotundas posas

y a los notorios márgenes

de aquesos dos senderos

o ríos inguinarios

cercanos al vergel,

terreno cuyos árboles

ofrecen esas frutas

de gusto apetitoso.

(Es tan gratificante

la interna sutileza 

sedeña de tus muslos

—abiertos como alas

de bella mariposa—

durante mi vaivén

encima de tu cuerpo,

en la común postura

del santo misionero).

 

Tu pubes —mons veneris

con su jardín cuidado—,

ventral deslizadero;

el cálido declivio 

que lleva justamente 

al punto más edénico. 

Tu vulva enrojecida: 

los labios interiores

y el clítoris rectráctil

de tonos encendidos

integran la incendaja

segura de mi fuego;

y tu rusiente y húmedo

vestíbulo vulvar,

umbral maravilloso,

entrada lienta y tórrida 

al grande regocijo

que encierra en longo espacio

tu lúbrica vagina.

 

Plenarias, voluptuosas,

tus anchas formas glúteas

de Venus Calipigia

(la de las bellas nalgas);

excelso afrodisiaco,

estímulo venéreo;

convite al regodeo,

al goce más salaz

por ese paso angosto 

de la postrera senda:

acceso al cielo séptimo

del optativo gusto,

delectación suprema;  

su estrecha vía última

conduce al paraíso,

al huerto del edén

en esa tierra fértil:

jardín de las delicias,

lugar en que el placer

se vuelve más intenso:

no obstante naturales

el medio y el pasaje,

mayor es el agrado,

y mucho más ardiente

—el máximum rijoso—:

¡se come con más ganas!...

por ser prohibido el fruto.

 

 

martes, 10 de diciembre de 2024

 

  • Autor: Alek Hine (Seudónimo) (Offline Offline)
  • Publicado: 5 de mayo de 2026 a las 00:07
  • Comentario del autor sobre el poema: No se puede escribir sobre los atributos sensuales de la mujer (ideal) sin partir del propio eros, esto es, desde una perspectiva personal. Y, a menos que se quiera correr el riesgo de alejarse de la realidad, en el terreno del erotismo, la escritura tampoco se puede hacer desde lo teórico, sino, por fuerza, desde lo empírico, de lo que se halla en el bagaje de la experiencia individual. Siendo así, mi composición presenta los atributos de la mujer y mi eros no solo en una relación íntimamente estrecha, sino en una asociación íntegramente inseparable, y, además, la misma no guarda un orden cronológico, pues no se ocupa de describir el acto amatorio o sexual en sí. También, ¿qué se puede decir sobre la mujer, y hablar del erotismo en general, que no se haya dicho ya? En el "Cantar de los cantares", la esposa refiere del esposo: "son sus piernas columnas de alabastro / descansando sobre basas de oro" (5:15), y de sí misma: "Yo era una muralla, / y eran mis pechos cual torres" (8:10). Aunque no sería plagio (de acuerdo con el "Diccionario de la lengua española", plagiar es "Copiar en lo sustancial obras ajenas, dándolas como propias"), evité la imagen de columnas para referirme a las piernas de la mujer, además de que me pareció poco o nada erótica. Entre lo que se halla en mi memoria está dicha metáfora de las columnas, que creí haberla visto también con Neruda, por lo que me dí a su busca y, en efecto, la encontré en el soneto XII de sus "Cien sonetos de amor"(y quizá sea usada en más de sus obras, ya que, curioseando en la red, me sorprendió ver tantos sitios dedicados a hablar sobre... ¡sus plagios!). Un símil que sí no evité fue el de las torres para los pechos (en específico para los pezones) porque, siento, me quedó bellamente entretejido entre los versos. Para terminar, quiero decir que en el presente trabajo reutilizo varias palabras, frases e imágenes que se hallan ya en anteriores composiciones mías, sea por falta de inspiración... o justamente por todo lo contrario: porque mi musa, mi numen (mi eros al momento de ir elaborando el verso), me condujo por senderos sensuales ya bien andados por mí, lo cual hizo que mi poema se extendiese más allá de lo que inicialmente tenía pensado. Que un autor haga uso de ideas y/o porciones de sus propias obras no es nada nuevo. Como práctica común, a ello recurrieron incluso grandes artistas: Bach, Vivaldi, Mozart, Beethoven, Chaikovski, Shostakovich, y la lista sigue con los contemporáneos.
  • Categoría: Erótico
  • Lecturas: 5
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