Alberto Escobar

Eróstrato

 

La imbecilidad humana no tiene límites,
como ya citara un ilustre tocayo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Un días de estos que Leía se me cruza una palabra, un nombre
propio: Eróstrato. Como es costumbre desde mi más tierna
adolescencia —como tomé de mi padre— anoto en un papel —
ahora en una página de Google— la voz para posterior consulta,
sigo la lectura con el norte puesto en el disfrute hasta que me
detiene otra palabra, que apunto de la misma manera.
Detenido el libro —o los libros, porque hace ya tiempo me ha
dado por picotear de varios y no solo el monográfico de uno—
atiendo a la plancha que he dejado sobre la tabla y postulo la
primera búsqueda —la del susodicho—.
Me entero de que se trató de un personaje —porque no era
persona— que hambriento de posteridad se dio en calentar
en exceso el templo que era fama de ser a la sazón el más
hermoso de cuantos tachonaban aquel joven orbe: El de
Artemisa en Éfeso.
Éfeso pasaba por ser una de las ciudades referenciales en el
hélenico mundo que apuntaba en el horizonte griego —en el
preciso año de este episodio nació Alejandro el Grande—, y
persa era el rey —Artajerjes el tercero— que señoreaba
la ciudad y ordenó sin paliativos su ejecución.
Me pregunto —y me pregunté en la suspensión que sigue a lo
que invita a la reflexión— si hoy —que parece imposible nada
que nos lleve a la sorpresa— vaga por alguna región de la faz
de esta Tierra un Eróstato que en su mente simpar tropelía
anide y que —por estar durmiendo todavía en la inexistencia
de lo que no ha nacido— ni nos imaginemos cuán grande sería.
Dejo que el pensamiento del lector planee sobre esta masa de
aire caliente que dejo levantada.



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