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Alek Hine

 

 

Había sido un día ajetreado. Mi conferencia del sábado, en el auditorio, se extendió más del tiempo señalado, mucho más de lo que habitualmente me llevaba realizar una de esas exposiciones. Era ya la media noche cuando me disponía a descansar. Me acosté, cerré los ojos, intenté conciliar el sueño… pero las ideas seguían revoloteando en mi cabeza.

 

Desde mi lecho, a través de la ventana, la atmósfera diáfana me dejaba apreciar el cielo estelífero. No habían pasado ni cinco minutos cuando… vi un raro punto de luz aproximarse desde lo alto. Con enorme curiosidad y como impulsado por un resorte, salté fuera de mi cama. Me quedé observando aquel resplandor de contorno circular. No parecía ser nada de este mundo.

 

Increíble. No salía de mi asombro. ¿Estaba alucinando? ¿Era lo que veía o me lo figuraba? Me froté los párpados, como dudando de aquella visión. Volví la vista…, y no, no alucinaba.

 

Sabía de los ovnis (acrónimo de objetos voladores no identificados) por referencias y vídeos, pero aquello ya no cabía en esa clasificación: ¡Era un gran artefacto! Jamás en mi vida imaginé llegar a tener siquiera una experiencia de ese tipo.

 

La curiosidad cedió lugar a la incertidumbre y al temor. Mi corazón no dejaba de latir a ritmo acelerado. Fui a cerciorarme de que las puertas que dan al exterior estuvieran bien cerradas. Regresé a mi dormitorio. Entré… ¡y he ahí, ante mí, tres extraños seres humanoides!; podían distinguirse bien por el fulgor que despedía su nave. Fácilmente superaban los dos metros de altura; no exagero si digo que alcanzaban los tres metros, pues sus cabezas rozaban el techo de mi habitación. De cómo entraron no tengo la menor idea; lo cierto es que ahí estaban, frente a mí.

 

Tratando de sobreponerme a mi estado de estupefacción, tomé mi Biblia temerariamente. “Si son demonios –pensé– doblarán su rodilla en el nombre de Jesús”. Intenté, como pude, darme a entender. Balbuciente, les hablé del amor de Dios, de su hijo Jesucristo, de la salvación para todos aquellos que en Él depositen su fe… En pocas palabras, procuré evangelizarlos…

 

¡Me mandaron a volar!, literalmente.

 

Me condujeron a su nave y me llevaron camino a las estrellas, quizá con el propósito de ampliar mi perspectiva y hacerme ver mi pensamiento provinciano, limitado a la Tierra. ¿Pero eran demonios? ¿Precisarían los demonios de naves tan sofisticadas para ir de un lugar a otro?

 

En el itinerario, me mostraron a Marte, Júpiter, Saturno, Urano y Neptuno. Bien pronto dejamos atrás la nube de Oort exterior –especie de nube esférica constituida por billones de objetos, origen de cometas de periplo largo como el famoso Halley–, y desde esos confines, salimos del sistema solar. Aun en esa circunstancia, ver más de cerca otros soles, como el sistema ternario de Alfa Centauri o como Sirio, me provocaba éxtasis.

 

Aquel viaje era fantástico. Desde “las alturas”, el fondo del universo era más negro que visto desde la superficie de la Tierra; su tenebrosidad era inquietante; su vastedad, pavorosa. De alguna manera, no resultaba del todo agradable hallarme en ese espacio abierto, inmenso y tan oscuro; me inducía un ligero malestar en el estómago, un poco de náusea, vértigo. Sentí la gran necesidad del suelo firme, del cielo azul y de esa luz amarilla de nuestro Sol, tan familiares a la psique humana. Me atacó la nostalgia por el ameno hogar: la Tierra.

 

La incertidumbre volvió a apoderarse de mí. ¿En qué habría de parar aquello? ¿Me regresarían a casa? ¿Sería mi fin? Otra vez mi ritmo cardíaco apresurado se hizo presente. El miedo provocaba que mi cuerpo se ocupara en su natural exudación: densas gotas de sudor me cubrían la piel. Sentí el sofoco; me faltaba el aire… A causa de mi angustia, de mi ostensible ansiedad inevitable, empecé a invocar el nombre del Señor…

 

De pronto…, ¡desperté!

 

Había sido un sueño, una pesadilla. Pesadilla, no porque hubiera sido abducido por extraterrestres, sino porque en el ensueño era yo un predicador de “la palabra de Dios”, con el lamentable apego al antropocentrismo fatuo y miras estrechas que ello implica y la ineludible pérdida del contacto con la realidad, ya sea negándola o bien tomando a los extraterrestres por demonios.

 

 

Wednesday, July 1, 2020 / miércoles, 1 de julio de 2020

 

 

  • Autor: Alek Hine (Seudónimo) (Offline Offline)
  • Publicado: 14 de marzo de 2026 a las 23:41
  • Categoría: Cuento
  • Lecturas: 1
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