«Los sonidos del barro», de Olalla Castro Hernández —Editorial Agua Clara—



Ruido y palabra son los dos elementos que van construyendo nuestra comunicación. Lo que sobra entorpece. Nuestro peso puede hundirnos si lo dejamos. Y la palabra aparece para entender o procurar explicar lo que acontece más allá de lo visible. Eso es lo que viene a decirnos “Los sonidos del barro” de Olalla Castro Hernández (Agua Clara), un poemario profundo y reflexivo en el que podemos encontrarnos, naufragar y alcanzar nuevamente la orilla.
 
 

Entre la onomatopeya y la herida

Citas de Maillard, Blanchot, Rulfo y Kavafis anuncian el naufragio y nos predisponen para enfrentarnos a lo que vamos a encontrar en este libro: lo que duele viene precedido de un golpe seco, a veces apenas metafórico, en ocasiones, cierto, audible. Un golpe que determina el final de algo y el comienzo de otra cosa. Un paf, blum, que nos avisa que lo que ha pasado no será fácilmente olvidable, que lo que acaba de acontecer ha dejado una marca, una huella-hueco-pozo en nosotros y que jamás volveremos a ser los mismos.

La muerte, la separación con un ser querido, la violencia, la pérdida del control, la tortura y las numerosas barreras que entorpecen nuestra libertad, son algunas de las circunstancias que se asoman en este libro en forma de poemas contundentes, y derriban nuestras certezas, invitándonos a reflexionar sobre el color de los márgenes para transformarlos.

Olalla nos presenta aquí algunas historias anónimas, de mujeres valientes que trepan y quieren salir de la opresión, que salen a la calle, que hurgan, que buscan una posible vida, donde no todo sea sombreros y bigotes. Y nos ofrece para ello poemas potentísimos, como “El tictac de las agujas”, que convierten este libro en un fabuloso homenaje a todas las mujeres que a lo largo de la historia han sabido sobreponerse al machismo. A la vez su poesía supone para las que estamos vivas un grito de esperanza y de combate. Porque aunque no tengamos el lugar que nos merecemos, aunque nuestras voces continúen siendo enjauladas en dormitorios de señoritas, nosotras seguimos aquí, aguardaremos, y volveremos a salir a la calle, porque el mundo también nos pertenece. Eso grita con sangre Olalla en este poemario.

El origen del mal

Hay un tema que aparece muy sutilmente, como nombrado con cierta rapidez, pero que se filtra como una inquietud constante en todo el libro: tiene que ver con el mal y su origen, con lo que somos, con lo que nos forma. Sobre ello hay poderosos poemas y sentencias.

He leído de forma paralela a este poemario la novela “Mal” de Miguel Albero (de pura casualidad y descubriendo, con cierto asombro, que pertenece a la misma editorial) que también avanza sobre este tema. Entre ambos me han llevado a la pregunta: ¿De dónde surge la crueldad y de qué forma aprendemos a interiorizarla? Le oí decir a Guillermo del Toro que el mundo sería un lugar mejor si durante la infancia no nos expusiéramos a la incomprensión y a la violencia. Es esta una idea con la que me identifico, aunque sigo sin encontrar en ella la explicación real de por qué el mal germina y se adueña de nosotros.

Quizá, la visión de Olalla puede servir para explicar esto. Todos fuimos alguna vez cachorros, y hemos estado a merced de personas e instituciones capaces de definir nuestra línea de pensamiento. También las bestias, dice ella, fueron niños indefensos a merced de otras bestias. Una forma sumamente interesante de explicar el daño que se transmite de generación en generación, crueldad que se extiende y pervive, que se multiplica, que nos convierte en sociedades inadaptadas donde la crueldad es moneda corriente y está, en muchísimos casos, normalizada. Sólo basta echar un vistazo a los casos más recientes de acusaciones por violencia doméstica y laboral, o a la situación de los refugiados.

La escritura como indagación

Ruido y palabra sirven para construir nuestra voz que se apoya en el sonido de los otros. Esas voces que se pegan a nuestra memoria y que se convierten en mantras que nos acompañan a lo largo de la vida para explorarnos. Así, Dickinson, Pizarnik, Kafka, Linspector, Woolf, se aparecen como luces en la oscuridad. Voces y miradas que vuelven más soportable la vida de los que aquí moramos aferrándonos a las letras como único medio de combate-salvación.

Asimismo, a lo largo de la lectura se establece un diálogo muy interesante entre la voz poética y el subconsciente. Lo que son los otros, esa herida con forma de sombra que tan bien nos ha dibujado Jung, también cobra vida a lo largo de algunos poemas. No hay perfección, ni siquiera un acto de justicia en el hecho de escribir, lo que anima a la escritura es la necesidad de poner en palabras lo que más tememos de nosotros mismos, eso que germinó en nosotros siendo cachorros, y contra lo que luchamos.

Todos (y sobre todo, todas) hemos sido la estatua de barro de otra persona, y madurar consiste en alejarnos de ese personaje para buscar una identidad que aunque propia nos sabe extraña y a veces, ajena. No hay bondad en ello, sólo una necesidad profunda de experimentar más allá de lo cotidiano, de hacer que las palabras fluyan de la oscuridad y nos expliquen, que tengan la valentía que nosotros no tenemos de definir nuestra oscuridad, nuestras miserias. Criaturas de barro que se desarman y vuelven a construirse, eso viene a decirnos Olalla que somos. Que del barro hemos surgido y que somos tan fáciles de moldear como lo es esta materia prima básica. De barro, no de arcilla. Nos rompemos, nos destrozamos pero somos capaces de volver a nacer. Conocer nuestra esencia, ese ser de barro, es lo que puede facilitarnos la existencia.

“Los sonidos del barro” es un libro que presenta una estética que planea entre lo turbio y material de la sangre y las espinas y lo simbólico de la luz y la nieve. Un libro que se lee con los pies pegados al suelo y que se termina con la certeza de que hay otro vuelo posible, notando ya ese ligero despegue con la realidad, con el mundo que nos han entregado, tan determinante, que se construye desde la idea utópica de que otra realidad es posible.

¡Es vital leer “Los sonidos del barro” para reafirmarnos en nuestra propia sangre, que es distinta a la de nuestros padres, y que se parece más a la de nuestras madres!


 
 
 

LOS SONIDOS DEL BARRO
Olalla Castro Hernández
Editorial Agua Clara
978-84-801840-9-0
72 páginas
10 €



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