Literatura y sexualidad

La verdad no, leer. Leer es lo que nos hará libres. Porque es la forma de conocernos a nosotros mismos y de entender que hay vidas diferentes a la nuestra que merecen la pena ser vividas. No existe un acto más auténtico para desarrollar la empatía que la lectura.
A lo largo de la historia los mecanismos de poder han intentado hacerse con el control de nuestras mentes pero sobre todo, de nuestro deseo, la literatura es un buen método para ir contra esa violencia silenciosa que se ceba con nosotros. Nuestra forma de relacionarnos con nuestro cuerpo y de establecer un vínculo con el afuera es sin duda el resultado de toda una experiencia donde los sistemas de control han hecho mella. Incluso en nuestro tiempo que se autodenomina libertario, necesitamos abrir los ojos porque mucho de lo que parece cierto está empañado por la medida de lo políticamente correcto. Abro este nuevo ciclo en el que trabajaré sobre libros que de alguna forma proponen una mirada nueva y diversa sobre nuestra sexualidad. ¡Te invito a este nuevo ciclo llamado Literatura y Sexualidad en el que hablaremos de todo y disfrutaremos como no nos dejan!

Hecha la religión, reina la trampa

Desde sus orígenes, la literatura ha intentado poner en palabras y explicar la sexualidad, porque definir esa pulsión animal que nos domina cuando nuestro cuerpo toma el control podría servirnos sin duda para explicar qué somos. Sin embargo, ese explicar lo que somos es interceptado constantemente por la moral.

Hace unos años se descubrió un libro, aparentemente proveniente de la Edad Antigua y que se le adjudica a Aristóteles (posiblemente para darle mayor credibilidad pero no coincide con otras publicaciones del pensador griego), que podría servir como ejemplo para entender cómo desde tiempos antiguos el ser humano ha intentado imponer razón y conciencia al deseo, que es un algo casi mágico que no podemos explicar más que basándonos en criterios químicos (y si seguimos deshilvanando el hilo llegará un punto en el que ya no tendremos de qué tirar y en lugar de hueso de ovillo tendremos un agujero de gusano).

En «El manual del sexo de “Aristóteles”», como se llama ese libro se recogen algunos consejos para las parejas (dejando en varias ocasiones claro que la unión sexual debe ser heterosexual) y las formas de proceder en el acto amoroso (que debe hacerse con fines procreadores). Las religiones han intentado desde tiempos lejanos explicarnos y conducirnos. La sexualidad estuvo durante mucho tiempo ligada a lo espiritual, entrando en ese terreno donde el bien y el mal luchan a muerte.

Aunque no fue la primera en intentarlo, la religión católica consiguió hacerse un hueco importante, apropiándose de las palabras, del deseo, de la sexualidad e imponiendo una normativa de comportamiento que se vería reflejado en la forma en la que vemos hoy la sociedad y el sexo, incluso desde el ateísmo hay una mirada que roza lo pecaminoso y que contradice esa idea de que no hay imposición de deseo, y que sirve para entender que todos los manifiestos de la libertad a las que nos unimos son palabras vanas. No conozco a casi ningún ateo que no esté en una relación monogámica, lo cual indica que sigue la sexualidad ligada al compromiso bíblico, a la procreación y a las formas que se nos imponen desde pequeñitos.

Por otro lado, ha sido desde la literatura y usando como canal la sexualidad como mejor ha sabido imponerse el patriarcado. A través de la oralidad, donde los cuentos narran miembros prodigiosos que controlan situaciones extremas, donde los hombres luchan valientes en el campo de batalla y las mujeres se quedan haciendo la comida y cuidando de los hijos. Roles necesarios para que nosotros vivamos. El patriarcado, que responde al dogma religioso donde dios no tiene sexo pero siempre se lo representa en masculino, donde hijo y espíritu santo se definen también desde lo masculino y donde las mujeres son valientes (y mejores vistas con el correr de la modernidad) pero aceptan los designios, y son madres, curanderas, labriegas, y madres otra vez.

Así, la literatura ha mantenido con la sexualidad una relación vinculada estrictamente con lo religioso. Y entramos en el terreno más farragoso de todos: la sexualidad, el disfrute de los placeres carnales es una de las cosas más criticadas (y censuradas) de la religión. Partimos de ejemplos milagrosos que pueden servir para explicarlo. El hijo de Dios nace de una mujer que no ha tenido relaciones sexuales; nace concebido de una forma milagrosa sin que dos hayan disfrutado (limpio, honrado, por no haber sido el resultado del acto carnal). El sexo para la iglesia es el mal menor que trae el bien que puede ser la concepción, sin embargo, de fondo el valor está puesto en el cumplimiento de los mandatos de hombres sobre mujeres. Patriarcado puro y duro.

Vientos nuevos ¿de cambio?

¿Y por qué sentimos tanta pasión por el Renacimiento? Porque en esa época comenzamos a contar. Nuestra sexualidad comenzó a ocupar un lugar importante. De ser negada rotundamente, pasó a ser eje central de las obras de arte. No obstante, seguimos en la mirada machocentrista, lo cual al día de hoy parece que no nos da tanta esperanza, es decir, no vemos que haya cambiado mucho. No obstante, el descubrimiento de la anatomía, las primeras ilustraciones sobre lo que somos nosotras, aunque sea desde la mirada del hombre marcó un antes y un después de absoluta relevancia.

Ni la llegada del Romanticismo en el siglo XIX, donde el sexo pasa a ser algo estimulante y con posibilidades de trascender fronteras (aunque sigue por supuesto en su línea, heterosexual todavía y ligado al amor) ni lo que aportaría el Psicoanálisis, que abriría todo un abanico de posibilidades a la literatura y la sexualidad, conseguirían extirpar esa mirada obtusa y normalizada de la sexualidad.

Pero llegaría el feminismo para cambiar un poco las cosas; al menos para hacer un espacio en la literatura para la sexualidad femenina, y para poner en palabras el deseo fuera de la heterosexualidad y el patriarcado. Siempre las grandes revoluciones son emprendidas por los grupos oprimidos, por eso las verdaderas revoluciones en el mundo de la literatura han sido llevadas a cabo por personas con situaciones vitales delicadas y por mujeres.

¿Y por qué escribo todo esto? Porque en este nuevo ciclo de Literatura y Sexualidad voy a ir apuntando algunas lecturas no convencionales que dan lugar a nuevas formas de mirar el mundo y de disfrutar de lo único que tenemos: nuestro cuerpo. También recomendaré libros antiguos donde se puede apreciar esa mirada machista sobre el sexo y sobre la sexualidad de las personas.



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