Juan Ramón Jiménez y la esperanza

Juan Ramón Jiménez y la esperanzaEsperanza. Así se titula este poema de Juan Ramón Jiménez, que he escogido para comenzar esta nota.

No existe para mí poesía más vívida y sensual que la suya. A ella vuelvo una y otra vez, desde mis ocho años; sin cansarme, asombrándome siempre (y cada vez más) de la inmensa capacidad para hacer del lenguaje un espacio de expresividad donde belleza y filosofía caminen de la mano.

Este año celebramos los 135 años de su nacimiento; que tuvo lugar en Moguer el 23 de diciembre de 1881, y me ha parecido una excelente oportunidad para dedicarle unas palabras. A ningún poeta le debo tanto como a él quien, junto con Federico García Lorca, me inició en la pasión por la poesía de una forma azarosa pero contundente. Y estoy segura de que a muchísimas otras personas les ha ocurrido lo que a mí; y es que ¿cómo escapar de la poesía después de esa experiencia devota que nos ofrece la suya?

La depresión y la poesía

Se ha escrito muchísimo de Juan Ramón Jiménez. Sus idilios amorosos y su actitud de poeta exigente para con los autores contemporáneos sirvieron para construir en torno a su persona una fama que provocó el amor y la admiración de muchos pero también la repulsión de otros.

Su mirada sobre la poesía que está a medio camino entre el realismo y la modernidad le convierten en un poeta inigualable, y la forma en la que asumió su rol de escritor, digna de ser atendida. Parecía jugarse el pescuezo en cada frase; y, si tenemos en cuenta que intentó combinar como pudo los bajones emocionales con la escritura, entendemos que no había para él otra manera de estar en este mundo.

Y en ese vivir, Jiménez se abrió en canal a través de la poesía. Así; en muchos de sus poemas se puede hacer una lectura profunda de sus emociones y su delicada salud mental. Este que he escogido, «Se entró mi corazón en esta nada», es uno que desde mi punto de vista permite captar en profundidad este tipo de sensaciones que provoca la depresión. Y voy a explicar por qué.

Ese cambio rotundo de la luz a la oscuridad, simulado en el vidrio y la mentira. Ese cielo siempre más bajo y esa sensación de vacío absoluto y de encierro (como aquel pajarillo que entró en la sala abandonada), nos desvelan un alma atormentada entre la alegría y una pena inflexible. Pero sobre todo, la idea de la cabeza rota, deja en evidencia una ruptura interior que se alimenta de un profundo anhelo de no se sabe qué, que se choca con la torpeza, con la realidad de un cuerpo que no cede a la pena. Todas estas sensaciones contradictorias podemos asociarlas, sin duda, con la depresión crónica que aquejaba al poeta. Una enfermedad que comenzó en la mismísima infancia; aunque tardó muchísimos años en revelarse de forma contundente.

Juan Ramón Jiménez y la esperanza

De infancia solitaria a hospitales mentales

Al hablar de sus primeros años, Juan Ramón recordaba que lo más característico había sido esa irresistible necesidad de aislamiento. Era un niño que jugaba poco y pasaba muchas horas contemplando el mundo, sin conseguir entenderlo. Podemos visualizarlo: niño pensante captando el simbolismo escondido de las cosas.

Es evidente que esa niñez tan presente en su obra magna, «Platero y yo», lo definió como hombre y como poeta. Y pienso que volver a esa lectura puede ayudarnos a entenderlo: la presencia de la belleza poética, del mundo colorido (en la imagen de la mariposa y la primavera, con las que arranca y termina el libro) y la presencia del dolor y de vacío espiritual (registrada en la sangre, símbolo de muerte y dolor si los hay en el mundo de la literatura), nos permiten definir los rasgos del creador.

A lo largo de su vida, Juan Ramón sufrió severas crisis depresivas y estuvo internado en distintos centros de salud mental. Su ingreso a estas instituciones fue acompañado, la mayoría de las veces, por una regresión a la infancia que se demostraba a través de viajes a Moguer, el lugar donde había nacido, y una melancolía sumamente infantil.

Juan Ramón Jiménez y la esperanza

Un poeta moderno

Supongo que no me compete a mí decirlo, y que es posible que ya lo hayan señalado los verdaderos entendidos de la materia, pero pese a que la poesía de Juan Ramón fue cambiando muchísimo con el tiempo, hay un rasgo en ella que se mantuvo intacto: la visión surrealista del lenguaje y del oficio de la escritura.

En su obra encontramos numerosos elementos abstractos que se encuentran enraizados en ese universo natural que caracterizó la infancia de Juan Ramón, y que, a la vez, ofrecen una visión amplia y profunda de significados: un simbolismo que nos obliga a salirnos de lo que las palabras significan para darles el beneficio de la duda y aferrarnos al significado que obtienen en el universo del poeta.

Es posible que esta forma de entender el lenguaje no fuera posible en una mente normal, en una mirada rígida, en una visión saludable (en el sentido estricto de la palabra). Y entonces vuelvo al comienzo y me pregunto: ¿cómo se puede haber sufrido tanto y ofrecer, sin embargo, una obra que irradia esperanza? Quizá, en medio de esas tremendas depresiones y del dolor agudo de la tarde, la escritura le ofreciera esas chispas de luminosidad justa para brindarse y brindarnos un mundo nuevo brillante, colorido, donde la poesía adquiere su máxima expresión.

Juan Ramón Jiménez y la esperanza

Comentarios1

  • nikis

    ¿Pescuezo? ¿UN alma? ¿Combibar? Escribes horrible y no revisas.

    • Tes Nehuén

      Hola, Nikis. Gracias por tu ayuda; he corregido el error tipográfico que señalas. En cuanto a tu apreciación acerca de mi escritura, me será muy útil para mejorar: ¡Gracias! De hecho, si tienes un sitio web o blog donde pueda leerte para aprender de ti, ¡será un placer! Un abrazo.



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