
Entre las cosas que aprendimos al leer a Bertolt Brecht la más importante nos habla de la mirada. En su obra, nos propuse volver a mirar aquello que consideramos cotidiano como si fuera nuevo, hasta convertirlo en algo tremendamente extraño. El poder, la guerra, la pobreza, la desigualdad se abren en su obra como el resultado no sólo de un comportamiento sino también como experiencias que hemos aprendido a naturalizar al punto de que ya no somos capaces de verlas como situaciones terribles. El arte, según Brecht tiene la capacidad de interrumpir esa monotonía en la mirada y nos invita a mirar de otra manera. En el artículo de hoy repasamos este aspecto de su obra, aprovechando el aniversario de su fallecimiento, que se cumple hoy.
¿Quién fue Bertolt Brecht?
Bertolt Brecht nació en Augsburgo (Alemania) el 10 de febrero de 1898 y falleción en Berlín Oriental el 14 de agosto de 1956. Se lo considera uno de los dramaturgos, poetas y teóricos del teatro más influyentes del siglo XX. Y no es para menos. Su obra transformó profundamente la manera de pensar el arte y, sobre todo, la representación teatral. Fue uno de los padres del teatro épico, una propuesta que buscaba romper la identificación pasiva del espectador y convertir el escenario en un espacio de reflexión crítica.
Su flechazo con la literatura tuvo lugar cuando era pequeño y siendo muy joven comenzó a publicar poesía y teatro, consiguiendo un gran recibimiento por parte de la crítica y los lectores. Obras como Baal, Tambores en la noche y La ópera de los tres centavos le valieron una gran cantidad de halagos. Poco a poco fue montando un tipo de teatro y de escritura que permitirían comprender su concepción de la creación, cuya principal cualidad consistió en impulsar al público a observar críticamente aquello que sucedía en escena y a involucrarse.
El ascenso al poder de Hitler obligó a Brecht a exiliarse. Comenzaron así unos años sumamente difíciles para él, en los que escribió sus obras más relevantes y comprometidas: Madre Coraje y sus hijos, La vida de Galileo, El círculo de tiza caucasiano y El alma buena de Sezuán. La caída del regímen le permitió regresar a Alemania, donde viviría sus últimos años, hasta fallecer el 14 de agosto de 1956. Su extensa obra poética y teatral supone uno de los legados más significativos de la literatura europea del siglo XX.

Bertolt Brecht revolucionó la forma de hacer teatro
Volver extraño aquello que consideramos normal
Las preguntas importantes que se hizo Bertolt Brecht siguen siendo vigentes. Tales como: ¿Quién construye realmente la historia? ¿Por qué aceptamos como inevitable lo que se podría cambiar? ¿Puede el arte transformar nuestra manera de mirar? A medida que la vida se llena de imágenes repetitivas y dolorosas aprendemos a evadirlas y a incorporarlas sin cuestionarlas. Las realidades dramáticas de los otros se vuelven parte del paisaje y no nos detenemos a preguntarnos qué significan o cómo podemos cambiarlas. Estas son las inquietudes que articulan toda la obra de Brecht.
Bertolt Brecht dedicó buena parte de su obra a combatir esa forma de ceguera. A través de su teatro intentó que la gente saliera de las salas mirando el mundo de otra manera, que cuestionara aquello que estaba aceptando como natural, conocido o inevitable. La forma de conseguirlo es a través de la extrañeza. Volver extraño lo cotidiano para empezar a hacer las preguntas importantes.
Considero que esta es la clave principal de todo el pensamiento de Brecht, su manera de trabajar el denominado «efecto de distanciamiento» —Verfremdungseffekt, en alemán—, un concepto que reúne distintas estrategias de interpretación que procuran romper con la barrera que separa al público de los actores, para conseguir una verdadera identificación de los primeros ante las realidades interpretadas por los segundos, y llevándolos, finálmente, a hacer preguntas y cuestionar la realidad. Una identificación comprometida, a través del recordatorio constante de que se estaba frente a una representación. Interpelar al público, hacer sonar una canción que interrumpiera la acción o cambiar rotundamente el escenario para generar cierta incomodidad, éstos y otros procedimientos configuran este nuevo teatro pensado por Brecht.
Extrañar no era oscurecer la realidad ni volverla incomprensible por el placer de la dificultad. Era retirar de las cosas su apariencia de evidencia para poder comprenderlas mejor. Brecht quería que el espectador se detuviera ante un gesto, una decisión o una situación y pensara: ¿por qué ocurre esto así? ¿Podría haber ocurrido de otra manera? Una de las mejores enseñanzas que nos ha dejado este escritor: porque mirar críticamente no consiste necesariamente en encontrar respuestas inmediatas sino, simplemente, en dejar de aceptar las cosas como son y cuestionarlo todo. Una manera de llegar a las preguntas incómodas que debemos hacernos. Una manera de convencernos de que antes de cambiar el mundo, debemos aprender a mirarlo de una forma nueva.

Una nueva manera de mirar la realidad

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