Entrevista a Eloy Tizón (Segunda Parte)

Entrevista a Eloy Tizón (Segunda Parte)Leer es un acto de amor propio pero también de compromiso con el mundo; es una forma de mirar las cosas, con ojos curiosos, porque la lectura siempre nos desvela una cara de la realidad que no podemos descubrir de otro modo. Pero a veces escuchar o leer de boca del propio autor las inquietudes que todos nos hacemos respecto a la literatura, su importancia y relevancia en la vida, te ilumina de una forma distinta; como si de golpe te sintieras menos solo. Mientras preparaba la entrevista para Eloy Tizón pensaba en eso, en qué preguntarle para que nos hiciera sentir menos solos, para que nos animara a seguir abocados a esta búsqueda yerma que parece la creación. Por supuesto que no me imaginaba que lo que iba a decirme no sólo superaría mis expectativas sino que me revelaría un montón de cosas en torno al placer creativo de la literatura que me dejaría un sabor dulzón (que todavía no se ha ido, por cierto). Bueno, voy al grano: esta segunda parte de la charla con Eloy me parece sencillamente exquisita, no por las preguntas sino por las sentencias que él construye a partir de ellas. ¡A disfrutarla! Y, no dejen de comprar «Técnicas de iluminación», porque es un libro que los obligará a recuperar el gusto por la vida y la luz.

Si no han leído la primera parte, pueden hacerlo siguiendo este enlace.

— ¿Cómo surgió esa idea de construir historias partiendo de la analogía entre la lectura (o la escritura) y la luz? ¿Cuándo apareció ese contundente título?

Este libro ha ido surgiendo de una manera muy orgánica, sin forzar nada. Me ha llevado bastante tiempo escribirlo, con pausas prolongadas. Al principio eran piezas sueltas, sin relación unas con otras; iba avanzando a tientas, mediante dudas y aproximaciones.

»La idea directriz de la luz como eje temático apareció cuando ya llevaba bastante material escrito, más de la mitad. Ese momento supuso un punto de inflexión, porque me ayudó a comprender mi trabajo. La luz es una metáfora tan poderosa, con raíces tan arraigadas en la cultura, el arte y el pensamiento, que puede abarcarlo casi todo. Ese día para mí fue emocionante, porque supe que tenía un libro entre manos, y no un simple puñado de historias. A partir de ahí trabajé guiado por un concepto mayor de unidad; ya tenía una meta, lo vi claro.

»Me convertí en el director de fotografía de mi propio libro. Los nuevos relatos se incorporaron bajo esa premisa y la corrección de los anteriores la hice teniendo en cuenta que encajaran unos con otros, aunque sin perder su autonomía, claro. Algunos quedaron fuera, porque no se adaptaban al tono ni a la música que buscaba. El título, sin embargo, aún tardé bastante en encontrarlo. Le di muchas vueltas, descarté varios, hasta que acerté con uno que, en mi opinión, refleja satisfactoriamente el alma del libro, su dualidad entre la parte visceral de la escritura y la parte reflexiva. Entre esos dos límites me muevo.

»Y aquí me parece de justicia destacar la extraordinaria imagen de la cubierta, debida al talento de Cristina Prat Mases, a quien no conocía de nada, que encontré navegando un día por internet, y que sin saber nada de mí supo anticipar el espíritu del libro, antes incluso que yo. Le estoy muy agradecido a Cristina por esta bella imagen de una nadadora en aguas turbias (una historia en sí misma, casi el primer cuento del libro), que expresa a la perfección lo que yo he intentado decir con palabras. Es una de esas conexiones misteriosas que ocurren cuando uno escribe.

Entrevista a Eloy Tizón (Segunda Parte)

— Hay muchos guiños a la literatura y a la cultura rusa ¿fue algo aleatorio o responde a un interés especial por ese país?

No responde a ningún plan previo. Es evidente que cualquiera que ame la gran literatura tiene (tenemos) una deuda de gratitud con los grandes narradores rusos. Da pudor hasta nombrarlos. A veces no empleo citas directas, sino alusiones encubiertas. Hay un relato del libro, titulado “Alrededor de la boda”, que para mí es un cuento muy “ruso”, aunque pocos lo hayan visto. Es “ruso” en el sentido de que, en medio de un banquete de casamiento, se produce un instante de desbordamiento emocional, entre lágrimas y risas, totalmente fuera de lugar, inapropiado, que desequilibra la escena y la impregna de una luz extraña. La irrupción inesperada y violenta de una emoción incontrolable, que nos desborda, en medio de una situación completamente familiar, y que reconduce el relato en otra dirección, es una enseñanza que, salvando todas las distancias, y con todo respeto, espero haber asimilado de los maestros rusos.

— Hay muchas historias (“Merecía ser domingo”, “Volver a Oz” y “Nautilus” por poner tres ejemplos) que se construyen partiendo de obsesiones o de personajes con ideas fijas y que escarban en la soledad de la que los seres humanos parecen querer huir. ¿Crees que escribir es ir más allá de los límites de lo humanamente soportable, llegar a rozar el límite de la cordura para entender que no hay nada que entender?

Dicho así, suena muy drástico, pero sí, estoy de acuerdo con tu planteamiento. La ficción es una especie de observatorio sobre el comportamiento humano y sus límites. ¿Hasta dónde llegan los personajes? ¿Cuánto pueden soportar? Colocarlos en situaciones complejas, enfrentados a dilemas y pruebas por lo general difíciles, es la manera que tenemos de estudiar la naturaleza humana, bucear en quiénes somos y de qué pasta estamos hechos. No es un capricho; hay una implicación personal en todo ello: si hablo de personajes perdidos, es porque yo también me siento perdido. Aspiro a entender en ellos lo que no entiendo de mí. Asistir de cerca a la fractura de un personaje, observar cómo se rompe en trocitos y se recompone (o no) y a qué precio, vivir sus miedos, sus fobias, sus manías, su vulnerabilidad, su ternura, su rabia, su llanto, con respeto y sin prejuicios, entre la aceptación y el rechazo, todo eso es un privilegio que nos ofrece la creación literaria.

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—Detrás de cada página de este libro he hallado muchísima esperanza, como si te moviera el deseo de brindar luz, literalmente hablando. ¿Crees que el arte debería servir para eso, para incentivarnos a mirar hacia adelante?

Me gusta mucho que digas eso; te lo agradezco de verdad. Para mí es importante ofrecer atisbos de luz en medio de la oscuridad. Es algo que transciende lo literario y traspasa una fibra humana. Es obvio que en la vida existe mucho dolor y negrura, mucha desesperación, y es necesario que el arte no cierre los ojos ante esa realidad y sepa expresarla y compartirla, hacerla circular para que no se nos enquiste. Pero también, para ser justos con el arte y con la propia vida, tenemos el deber moral de reconocer esos otros instantes de plenitud, de luminosidad, de acorde perfecto, de amor, amistad y risas que, aunque sea en forma de fogonazos esporádicos, existen en casi todas las vidas.

»Me irrita que una obra sucumba al pataleo de la negatividad y al nihilismo, en forma de callejón sin salida; me parece una visión agarrotada y mezquina, muy poco generosa. Creo que cuando estamos creando, lo ideal sería, tal vez, dar cabida a ambos extremos: no apartar la vista de la adversidad, ser capaces de sostener la mirada ante «la cara de la desgracia», como diría Onetti, pero sin olvidarnos de honrar (ese es el verbo adecuado) todo el derroche de felicidad y hermosura que a veces la vida nos vierte sin motivo, de pronto, porque sí. Si un texto consigue conjugar ambos ingredientes, el duelo y la celebración, en un cóctel bien mezclado, será un texto mucho más rico. Existirá en un nivel más intenso y verdadero.

— ¿Crees que Proust no habría escrito si su madre, aquella trágica noche, le hubiera dado el beso que él necesitaba? ¿Qué hay de revancha en el acto de escribir?

Probablemente no. Proust escribe porque le falta un beso. Un beso menos es una novela más. Parece que escribimos porque existe algún tipo de desavenencia entre el mundo y nosotros, alguna clase de torcedura, carencia o desgarro íntimo que nos impulsa a crear. Es difícil imaginar a un artista feliz, perfectamente integrado en la sociedad, en completa armonía con el medio. Ocurre más bien lo contrario: señálame un artista y te nombraré una herida.

— ¿Nuevos proyectos que estés por abordar en el presente o futuro?

Hablar del futuro no deja de ser una temeridad, porque todo cambia constantemente y los proyectos literarios también, al menos los míos. Soy lento y me lleva mucho tiempo darme por satisfecho (me parece bien, además, que sea así). Todavía sigo en la estela de Técnicas de iluminación, cuyos ecos –esta entrevista es la prueba– aún no se han apagado. De momento, solo puedo hablar de deseos. Hace poco he sabido que los japoneses tienen una palabra para definir la luz que se filtra entre las hojas de los árboles, que no tiene equivalente en ningún otro idioma del mundo: es el término komorebi. Me gustaría escribir komorebi.

***

Las fotografía que iluminan esta entrevista las he tomado prestadas del muro de Juan Casamayor; y no he podido resistirme porque esta foto de Eloy y Andrés es una maravilla: ahí, en esas manos creadoras y ese afecto que se les nota pasan las mejores cosas de la literatura breve.

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