La dama del sillón

La dama del sillón, por Iván Sagarduy (1976) La luz de la luna se filtra por las rendijas en la madera de la vieja casa; por los márgenes de la cortina entreabierta alentada de vez en cuando por una brisa repentina, cálida, hechizada por el perfume de los jazmines. El canto de las cigarras desquicia a los grillos que contestan, en contrapunteo inacabable, sus tonadas de alegres campesinos trasnochados. Silbantes estribillos salidos de la intrincada selva de miniatura de donde escapan los mosquitos; hambrientos ladrones que acechan en la espera, para robar el néctar carmesí a los afortunados que logran conciliar el sueño huyendo del calor. No falta en la serenata de la fauna nocturna el chillido agorero de la lechuza que habita la Gran Ceiba del patio, o el chasquido del alero del techo con el paso fugaz de una rata, confundiéndose su sombra con el miedo de los árboles del jardín.

Las sombras se acomodan en el cuarto para levantar el polvo de los fantasmas adormecidos en los rincones; crecen, de la misma forma que los campesinos engordan sus lechones para comerlos en Navidad, alimentándolos con el amor del sancocho, con el método que imprimen al volcar las pailas en los chiqueros. El sillón, inconmovible, mantiene la costumbre de mecerse en las nubes de la noche; a veces, espera agazapado en los matices del ruido, con alma de cazador, dispuesto a atrapar el sueño en medio de un presentimiento enmascarado, en que permanece intacto el recuerdo de la noche anterior.

El sueño llega de pronto, con sus laberintos mezclados a la entelequia del sillón.

* * * * *

Asciendo lentamente, en mi trabajo de encontrar el campanario insinuándose al final, en el simulacro de las interminables vueltas de la escalera. Allí estará ella, esperándome. Lo sé con la certeza que tienen los soñadores del mismo sueño. De vez en cuando me detengo, no por pereza, ni por miedo, solo para contemplar la belleza de la cámara inferior guardada por muros de piedra, aspilleras encubiertas y poternas arqueadas, imantadas por la quietud que las separa de los fosos. El piso de baldosas como escaques en blanco y negro. En el centro: el pedestal que sostiene mi escalera. Las piezas del juego espían dispuestas al combate.

Los gemidos del sillón vienen de la cúspide. En vano trato de acelerar el ritmo de mis pasos que han de llevarme al encuentro con el cuervo; lúgubre guardián del campanario. El graznido corto es la señal que permite mi entrada al mundo de las campanas; un mundo ojival, destinado a encubrir el secreto de la dama del sillón. Taciturna antes de que me aventurase a violar las leyes de su privacidad impuesta, la irrupción de un soplo de vida disuelve su postura sedente, funde sus carnes de cera. Disimula sorpresa, pero sé que aguarda en silencio, como una estampa medieval: la libertad. Espera el rescate que la libere de su torre sempiterna, el desprendimiento del sillón, de la invisible autoridad que la mantiene en cautiverio sometida al perpetuo movimiento de la rueca: hilandera de anhelos. (Se acalla la estridencia del sillón).

Prisionera eterna de un sueño; mi sueño (nuestro): ella. Sempiterna, etérea, se decide a mirarme. El rostro afectado en su apariencia habitual se descompone atravesado por el advenimiento de la luz, en una transparencia que de súbito, deshace su tristeza llevándosela a las profundidades de su propio misterio. Refleja dicha, se deja escrutar; Aracne sin pecado concebida, sonríe a espaldas del reloj.

En el letargo de la siempre noche, asume su invariable papel de personaje del mismo sueño. Camina hasta el sitio en donde las campanas gozan del privilegio de atenuar el lamento del sillón. Me llama con un gesto ceremonioso, sincronizado, en el que involucra todo su ser de anfitriona inmaterial. Voy a su encuentro.

El mecanismo onírico ha puesto en marcha el complicado engranaje. Los fantasmas, comienzan a tañer las viejas campanas en lo alto de la ojiva. Llaman a combate, multiplicándose el eco en la piedra del alcázar que se estremece en un vano intento de atrapar el instante, de perpetuar el sueño para no asistir al final; pasmoso, inevitable.

El cuervo abre sus alas, emite un graznido aterrador asustado por los campanazos, y se pierde precipitándose en el laberinto de la escalera. Se escucha el órgano (Fantasía y fuga en g menor de Bach) ejecutada por el fantasma que lo habita desde aquel primer sueño. Los acordes llegan desde la ojiva madre, desovillan la polea precipitándose en los eslabones de una cadena que baja a la cámara inferior. Los soldados de marfil alineados; la artillería de cristal en sus puntos estratégicos; los caballeros de jade alistándose en sus cabalgaduras. Se forman las torres de alabastro que darán inicio a la ofensiva en combate sigiloso.

El gran badajo de la campana maestra, se aproxima amenazador; crece irremediablemente, se agiganta. Su golpe atroz castiga mi cuerpo astral empujándolo al vacío en una caída sin fin, convirtiéndolo en un grito disperso en el espacio.

MARÍA EUGENIA CASEIRO.
CIUDAD DE MIAMI
ENERO 30 DE 1997

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Comentarios6

  • zoila daphne

    me encanto como me encanta su página de poemas del alma.

  • La dama del Sillon

    Es muy, pero muy buena esta pagina, tiene poemas bellos
    gracias por estas publicaciones, soy un lector aficionado

  • amalia

    me ha encantado este cuento, como otras cosas de ella, es muy buena. gracias por darnos a conocer tantas y tantos poemas de poetas que yo no conocia

  • lourdesmartineszbautista

    es una pagina muy linda y muy interesante. ademas que es muy romantica .felicidades.

  • Bernardo

    exelente, maravilloso

  • Joven Poeta

    hermoso!



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