José Coronel Urtecho

José Coronel Urtecho fue un escritor oriundo de Nicaragua, nacido en el año 1906 y fallecido en 1994. Dio sus primeros pasos por la creación poética desde pequeño y su personalidad extrovertida y de carácter fuerte y determinado le permitió difundir su obra en distintos ámbitos, así como encabezar la fundación de revistas y agrupaciones poéticas. A los 18 años de edad, realizó un viaje a Estados Unidos, donde residió durante un tiempo y aprovechó para acercarse a sus letras, dejándose influenciar profundamente por ellas. Más tarde, incursionó en el periodismo, más precisamente en el campo de la crítica; de esa etapa data su poema "Oda a Rubén Darío", el cual trazó una línea divisoria entre las tendencias respetadas hasta ese momento y la producción de una nueva camada de jóvenes escritores que se inspiraría en la propuesta de Urtecho. Otras de sus obras conocidas son "Canción de amor para el otoño" y "Escrito en la corteza de una ceiba", ambas presentes en la completa selección que se encuentra al pie de esta biografía.
Fuera del mundo de la literatura, su implicación en la política lo llevó a asumir el cargo de diputado y a representar a su país en el extranjero como diplomático.

Poemas de José Coronel Urtecho

Seleccionamos del listado de arriba, estos poemas de José Coronel Urtecho:

La gran plegaria

El tiempo es hambre y el espacio es frío
orad, orad, que sólo la plegaria
puede saciar las ansias del vacío.

El sueño es una roca solitaria
en donde el águila del alma anida:
soñad, soñad, entre la vida diaria.

La cazadora

Mi señora, tan luego se levanta
va a cazar un venado matutino,
sin miedo a los colmilos del zaíno,
ni al mortal topetazo de la danta.

Entra con ojo alerta y firme planta
en la espesura donde no hay camino,
y de los matorrales, repentino,
salta un venado que su paso espanta.

Ella rápida apresta su escopeta,
veloz le apunta, le dispara y mata
-y después el marido-, que es poeta,

cuando regresa la mujer que adora,
en un someto clásico relata
la bella hazaña de la cazadora.

Canción de amor para el otoño

I

Cuando ya nada pido
Y casi nada espero
Y apenas puedo nada
Es cuanto más te quiero.


II

Te quiero
en Diciembre, en Enero.
Te quiero día a día, el año entero.

Te quiero
bajo el naranjo y bajo el limonero.

Oda a Rubén Darío (II) (Acompañamiento de tambores)

He tenido una reyerta
con el ladrón de tus corbatas
(yo mismo cuando iba a la escuela)
el cual me ha roto tus ritmos
a puñetazos en las orejas...

Libertador, te llamaría,
si esto no fuera una insolencia
contra tus manos provenzales
(y el Cancionero de Baena)
en el Clavicordio de la Abuela,
-tus manos, que beso de nuevo,
Maestro.

En nuestra casa nos reuníamos
para verte partir en globo
y tú partías en una galera
-después descubrimos que la luna
era una bicicleta-
y regresabas a la gran fiesta
de la apertura de tu maleta.
La Abuela se enfurecía
de tus sinfonías parisienses,
y los chicuelos nos comíamos
tus peras de cera.
(¡Oh tus sabrosas frutas de cera!)

Tú comprendes.
Tú que estuviste en el Louvre,
entre los mármoles de Grecia,
y ejecutaste una marcha
a la victoria de Samotracia,
tú comprendes por qué te hablo
como una máquina fotográfica
en la plaza de la Independencia
de las Cosmópolis de América,
donde enseñaste a criar centauros
a los ganaderos de las Pampas.

Porque buscándote en vano
entre tus cortinajes de ensueño,
he terminado por llamarte
-Maestro, maestro-,
donde tu música suntuosa
es la armonía de tu silencio...
(¿Por qué has huido, maestro?)
(Hay unas gotas de sangre
en tus tapices).

                            Comprendo.
Perdón. Nada ha sido.
Vuelvo a la cuerda de mi contento,
¿Rubén? Sí. Rubén fue un mármol
griego. (¿No es esto?)

-All’s right with the world-, nos dijo
con su prosaísmo soberbio
nuestro querido sir Roberto
Browning. Y es cierto.

Nihil Novum

No busques nada nuevo, ¡oh mi canción!;
nada hay oculto bajo el rascacielo,
nada en la maquina que sube al cielo,
nada ha cambiado desde Salomón.

Es muy antiguo el hombre y su pasión,
guarda en el nuevo día el viejo anhelo,
bajo la nueva noche igual desvelo
y el mismo palpitar del corazón.

No te engañen los nuevos continentes,
con sus plantas, sus bestias y sus gentes,
ni sus canciones con su nuevo acento.

Todo lo que dice algo ya está dicho:
sólo nos queda el aire y su capricho
de vagos sones que se lleva el viento.

Hipótesis de tu cuerpo

I

Se que no me creeran como a espejo sin fondo
que el movimiento clava tu vórtice de armadas
donde momentos miles primeros segundos en roca a pique
ya me esperaban en ti girando.

Aunque dijera que no tenias mar
ni que toda tu espuma en tu interior de piedra habita
m por sangre espumosa esculpida menos viva
ni carcomida,
smo por la frecuencia de tus pecas algo se congregaba.

Porque esperaban la que eras visible
si es que alzabas las manos de concreto
puesto vestido de labrador ya no tarjeta de visita
mientras hay llamamiento de flores a piano
y con tu duelo gigantesco gastas otra violeta
si solitaria,
lo cual no puede aunque posible.

Todo ello en brisa regular compuesta a sentimiento...

Porque esperaban miedo que te clamara a muerte:
«Yo te comparo a un faro»
explicando tu pelo despacio de noche.

No es comparando.

II

Yo te proyecto desnuda por dentro
como paloma leona interior a la tierra
sin otra sustancia marina que tormenta.

Muerte vida.

Pues o no pasajero por tu frente
(no en pensamiento aquí ni con veneno
que ya serpiente río al pie descabezado
no deja a playa crespa a cantos de sirena
que foca hieda espuma se deshile
ni húmeda luna en brama de animales
largo del arca, dentro quedas mansa
de leonas de palomas de elefantes)
por tu carne de piedra a tu pecho de leche.
Mito en resumen, pero toco.

Vida muerte.

Cuanto camino da a tu ombligo
si hecho raíces ánclote a fondo puerto de tierra
puerta a mi tierra tuya a cerrojo sagrada.

Tesomosme, Mesomoste.

Cávote sepultura en mi otro sexo.
Cávame sepultura en tu otro sexo.
Muéreme Vívote Víveme Muérote
No nos distingo.

Sesamo.

III

Confieso que te arribo puerto si subterráneo
como a la roca en sueño vegetal dormida viva
tengo mi casa allí donde mi araña espero ciego
lo mismo vivo o muerto que tu secreto como silencio.