Delfina Acosta

Pero también cantaste...

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Pero también cantaste a las muchachas
de boca roja como una ciruela;
tus versos las pintaba azucaradas,
en el balcón, soplando una candela.
De sus mejillas se nutrió la gota,
la sal y la pleamar de tus poemas.
Sus ojos eran lámparas en noches
cuando no había espejos ni luciérnagas.
Ninguno, como tú, cantó al amor.
Ninguno, como tú, les hizo bellas
a las mujeres de redondos pechos,
de pies pequeños, de rojizas mechas.
Nombraste a todas: quién no tuvo turno
en el elogio de tu voz contenta.
Con dulces uvas de tu Chile amargo
brindaste por la luz de sus caderas.
Usaste, a veces, rosas de sus madres,
geranios de sus hijas y violetas,
con que alfombrando fuiste sus pisadas.
Las últimas, se hicieron las primeras.
Silbaste a la mujer. Silbando sigues
aunque acostado y yerto en larga hierba.
No dormirá tu voz, salada y larga.
Ni habrán de apaciguarse tus poemas.

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