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Poemas
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- Un breve escrito, de una sola estrofa y con siete versos totales, para el amor de mi vida: Candela Mendez. No recuerdo si el apellido era con o sin tilde. Lo que sí recuerdo es la forma en que me enamoré la primera vez que la ví. Era un día de examen, de Neurociencias tal vez, cuando ella apareció. Se ubicó al frente del aula, como preparándose para exponer. Era como un sol; pero no uno que irradia la tempestad, sino uno de esos en los que querés estar. Un sol cálido, de esos que abrazan. Yo la conocí en el auge de sus nervios y en el regocijo de los aplausos; aplausos tras una exposición apenas regular (seguramente terminó aprobando con seis), de esos que se otorgan por compromiso. Lo cierto es que me enamoré. Ocultaba cierto velo de misterio que quería conocer personalmente. Me imaginé proyectando en ella todo el amor que alguna vez tuve. Las ganas de amar y de ser amado convergían en contraposición con las ganas de perder y sentirse perdido. Y ahí lo entendí. Entendí que el amor tal vez no era la intensidad ardiente de la mañana; era la calma que sobreviene en un día templado. Era esa luz en la que, cada tanto, querés estar; esa luz en la que querés vivir. La luz que te da motivaciones y energía para caminar, la misma que te da fuerzas y motivos para existir. Porque el solo hecho de existir ya es un acto político, una resistencia frente a la muerte. Existir requiere, primeramente, ganas. Por eso, al desganado también se lo suele llamar desanimado; porque la palabra animado proviene del latín anima, que significa alma. Una persona desanimada es, sencillamente, una persona sin alma. Y hoy vivimos en un mundo ya sin alma. Uno en el que se han desvirtuado los valores, las metas y los ideales. Es en ese mundo donde cada persona, al menos una vez en su trayecto, necesita de su propia Candela Méndez (creo que era con tilde), para así poder seguir un día más
6 Jun 2026 (16:31)
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