zara laburno

Todos somos alquimistas. Reflexiones sobre la miseria humana.

La alquimia, ese arte milenario que a tantos cautivó y al que dedicaron su vida, prometía la fórmula para transformar metales en oro o para lograr la vida eterna. Para ello, los alquimistas debían transmutar su propia alma antes de transmutar los metales. Esto quiere decir que debían purificarse.
Alquimia era sinónimo de perfección, eternidad, pureza. Felicidad, el sueño más soñado.
Sublime tarea. Creamos en ella o no, en el fondo a muchos les gustaría aprender este milenario arte. Y de hecho, lo hemos aprendido. Y cuánto mejor incluso que aquellos que tanto han estudiado para lograrlo. Hoy, siglo XXI, avanzó el conocimiento de las ciencias, las vidrieras de las librerías exhiben títulos del estilo “Cómo ser mejor”, “El secreto de la felicidad”, “Rodéese de personas sanas”, “Diez pasos para llegar al éxito”.
Las fórmulas existen, y el hombre las conoce. Sabe cómo ser mejor cada día; trabaja, duerme, estudia, piensa; orgulloso de lo que sabe y sobre todo de lo que es. Conoce lo que está bien y lo que está mal, y no le pesa la mano para señalar a quienes se equivocan, para ayudarlos a encontrar el verdadero camino.
Las fórmulas existen. Al fin y al cabo, todos somos alquimistas.
 
Se llama Irma la señora; vieja, arrugada, infeliz, que mira con horror y desprecio a Lucía, la hija de su amiga, joven, turgente, provocadora, apetecible, porque se ha puesto una falda muy corta. Se arregla la camisa abotonada hasta el pescuezo y frota una pelusa de la falda que le tapa las rodillas. ¡Prostituta! piensa, mientras olvida aquella noche del verano del ’61 cuando escapó de una fiesta con Pedro, aquel joven llegado al pueblo para el trabajo de las cosechas; que cubrió sus senos vírgenes y sus muslos dormidos con saliva impúdica y besos indecentes.
Prostituta, piensa, y se olvida que se casó con otro hombre al que le dio el hijo que antes había puesto en su vientre Pedro.
Se olvida, y duerme tranquila cada noche sabiendo que mañana su hija despertará temprano para ir al colegio religioso, donde le enseñarán todo lo que hay que saber para llevar una vida de acuerdo a los valores de la fe y las buenas costumbres.
La misma joven, Lucía, entusiasta, idealista, apasionada, va a la marcha de la Asociación Protectora de Animales que protesta contra el artista que exhibió en su galería un perro, famélico, desnutrido, con las costillas apenas cubiertas por una fina capa de piel porque le ha tenido sin comer ni beber para dar forma a su gran obra de arte.
La joven que hace unos meses sacó de la pecera a su hámster, duro, inmóvil, al lado del cubilete que debía contener agua pero sólo estaba lleno de pelos; muerto de sed en pleno verano porque su dueña hacía tres días que pasaba por al lado sin tomarse el tiempo de llenar el recipiente.
Va a la marcha y sostiene un cartel que grita Asesino, y se enorgullece de luchar por una causa justa.
Juan lee historia y estudia la traición de Benedict Arnold V, quien fue un general estadounidense, que se pasó al bando británico durante la Guerra de la Independencia de los Estados Unidos.
La semana anterior se cruzó en una muestra con Carla, la ex novia de su mejor amigo Fernando y por la que él todavía no dormía, y la invitó a tomar un café a su departamento.
A Juan siempre le había parecido atractiva; se lo dijo mientras le desprendía el cierre del pantalón y le pedía que aquello quedara como un secreto entre ambos, porque no quería destrozar el corazón de su tan querido amigo.
Estudia, y piensa en la importancia de conocer la historia para no volver a cometer los mismos errores.
Fernando da un portazo en la cara de su padre. Está enojado porque se enteró, escuchando una conversación que éste mantenía con sus colegas del hospital, que no habían atendido a una mujer embarazada que llegó agonizando, porque no tenía seguro médico. Dos días más tarde, la mujer murió. El niño también.
Cuando Fernando tenía 18 años, unos meses antes de entrar en la Facultad de Medicina, le contó a su padre que su novia estaba embarazada. No protestó cuando  éste le sugirió llevarla con una conocido que en unas horas, y sobre una camilla sucia, le “sacaría el problema” de encima.
Diana, que así se llamaba su novia, nunca más podrá tener hijos.
Después del portazo, Fernando mira cómo su padre se sube al auto y se marcha. Piensa que él sí honrará su vocación de ser médico.
 
Irma, Lucía, Juan y Fernando comparten una cena que organizó una ONG que ayuda a niños con cáncer. Cada mes, de sus tarjetas de crédito se debita una suma destinada a colaborar con esta noble causa. Charlan con sus conocidos en la fiesta. Todos personas tan preocupados como ellos por mejorar el mundo, tan indignados por el sufrimiento de la gente, por el hambre, por la guerra, y por la indiferencia de los demás. Tan orgullosos de aportar su grano de arena.
Irma, Diana, Juan y Fernando no se conocen. Pero algo los une. Ellos son cuatro personas de las tantas que, por suerte, hacen algo más que mirar lo malo que hay en el mundo. Ellos son personas cultas, educadas. Ellos saben lo que está bien y lo que está mal, y comparten el orgullo de que participar de esa fiesta es un privilegio reservado sólo a quienes hacen algo bueno. Ellos son personas decentes, respetables. Y les encantaría que muchos más, como ellos, aportaran su granito. Pero no. Hay mucha indiferencia en este mundo; hay mucha miseria en el alma de muchas personas. Hay mucha mierda.
Pero, por suerte, esa mierda está afuera. Ellos lo saben, y sonríen mientras comen en mesas cubiertas por manteles tan blancos como sus almas buenas. Sonríen, orgullosos, porque en el fondo, y quizás sin saberlo, ellos son alquimistas. Dentro de esa sala no hay miseria, sus tarjetas de crédito, sus carteles y dedos inquisidores, sus palabras oportunas lograron transformar sus propias mierdas en el mayor de los orgullos, en la más pura de las purezas.
La miseria está afuera. Y ellos lo saben. Bendita alquimia. Se olvidan de sus propias miserias.


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