No compartimos la sangre ni el nombre ni la arcilla,
pero un parentesco de pino y de herrumbre
se nos pegó a las manos bajo el aula.
Allá arriba el ventilador —hélice lisiada—
solo batía la densidad del bochorno,
mientras el sol de las dos devolvía a la tierra
la quemadura exacta de los cítricos.
Ustedes abrieron la grieta de la risa
para que mi acento —aún extranjero a la marea—
encajara sin rozar en el bullicio del albergue.
Fuimos náufragos al pie de una pizarra de física,
repartiendo la acidez exacta de la merienda
y el sudor que la tierra reclama tras la siembra.
Recuerdo el apretón de manos al borde del sábado,
la clave informal del asere que me dio otro nombre,
limando con afecto los kilómetros de la ausencia
hasta volver cotidiana mi propia voz,
como si la beca, la guagua y la luz del Caribe
me hubieran esperado desde siempre.
Nos hicimos hombres entre folios de papel rústico,
escuchando el impacto del temporal contra la placa
mientras adentro, con la exactitud del dibujo,
inventábamos un mapa para el mundo.
Si hoy camino sin vacilar por estas calles
es porque sus hombros fueron el muro de contención.
Hermanos del rigor, de la tiza y de la fiesta:
mi juventud es la geografía que ustedes trazaron.
Llevo esta herencia adonde sea:
saber que la patria no es el suelo donde se nace,
sino la puerta que se abre y la voz que confirma:
"llegaste, esta también es tu casa".
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Autor:
Alcides R. Chavarría (Seudónimo) (
Offline) - Publicado: 8 de noviembre de 2026 a las 08:57
- Categoría: Sin clasificar
- Lecturas: 2
- Usuarios favoritos de este poema: Alcides Chavarría
- En colecciones: Bitácora de la Gratitud.

Offline)
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