Nuestra casa
A Mónica, Kari, Vane, Matías, Romi y Lucas: los verdaderos cimientos de Pasaje Callao 2007 y el hogar que llevo conmigo adonde vaya.
Hay direcciones que no son simples puntos en un mapa, sino el lugar exacto donde uno dejó el corazón. Pasaje Callao, en Villa Adelina, fue ese rincón del mundo donde junto a Mónica levantamos nuestro nido a fuerza de amor, paciencia y sueños compartidos.
Entre esas paredes que hoy habitan en nuestra memoria vimos crecer a nuestros cinco hijos: Kari, Vane, Matías, Romi y Lucas. Cada rincón guarda el eco de sus pasos y de las tardes eternas bajo un mismo techo. Para nosotros, la casa tenía dos patios: el nuestro, donde el fiel limonero perfumaba las mañanas y era el testigo silencioso de cada charla, cada mate y cada abrazo, y la querida plazoleta de enfrente, que era como nuestro segundo patio, extensión de nuestros juegos y de la vida cotidiana. Todavía puedo sentir en mis manos la humedad de la tierra del día en que nació una de mis hijas y planté en la vereda, justo en la puerta, aquellos fresnos que crecieron al ritmo de nuestra familia, dando sombra y bienvenida.
Allí también latía un espacio sagrado para mí: el taller de carpintería que compartí con mi viejo Antonio. Entre el olor a madera recién cortada, el aserrín y el sonido de las herramientas, quedaron guardadas nuestras charlas, sus enseñanzas y tantas horas de trabajo codo a codo.
Esa casa fue siempre el punto de encuentro de toda nuestra historia. Por ella pasaron los asados de domingo, los cumpleaños y las Navidades inolvidables junto a mis padres, mis suegros, los tíos y los sobrinos. Eran mesas largas llenas de risas, brindis y cariño que convirtieron cada ladrillo en un tesoro familiar.
Pero la vida avanza, los hijos despliegan sus alas para buscar su propio horizonte y los cuartos, de a poco, se van quedando en silencio. Llegó entonces el momento de ir detrás de aquel viejo anhelo de buscar una vida más calma frente al mar, ese lugar donde siempre soñé estar.
Hoy contemplo las olas y agradezco la paz que me regala el océano. Cuando cae la tarde y el viento trae nostalgia, mi pensamiento vuelve sin hacer ruido a Villa Adelina, no con arrepentimiento por haberla vendido, sino con la gratitud de haber cerrado una etapa hermosa habiéndolo dado todo. Al mirar en el recuerdo los fresnos en la vereda, la plazoleta de enfrente, el taller con mi viejo y sentir el aroma del limonero, sé que una casa no se pierde cuando se vende: todo lo que vivimos allí con Mónica, nuestros hijos y toda la familia nos pertenece para siempre.
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Autor:
sergio Rodríguez v. (Seudónimo) (
Offline) - Publicado: 8 de noviembre de 2026 a las 08:53
- Categoría: Sin clasificar
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