Te adoro, incluso desde esta distancia en la que ya no puedo hacerte llegar ni siquiera un pedacito de todo lo que siento.

Sauriiiiio



A mi amado J.

 

Incluso si ya no pienso en ti como antes,

si los días han conseguido pronunciar tu nombre

con un poco menos de dolor,

hay algo de ti que todavía no consigo sacar de mí.

 

No sé en qué momento te volviste tanto,

ni cuándo comenzaste a habitar

en esos lugares de mi alma

a los que nadie más ha conseguido llegar.

 

Te convertiste en todo lo que alguna vez quise,

en aquello que tantas veces imaginé

y que, por un instante, creí tener.

Te volviste mi musa,

y qué cruel resulta el arte

cuando su inspiración ya no está.

 

Porque ahora escribo y no estás para leerme,

dibujo y no estás para mirarme,

creo cosas hermosas

y no tengo a quién contarle

que, de alguna manera, nacieron de ti.

 

Quizás nunca sepas cuánto de ti permanece aquí.

Vives en mis escritos,

en los trazos que dejo sobre el papel,

en las pequeñas cosas que salen de mis manos

y en cada sentimiento que todavía no sé nombrar.

 

Y me parece tan injusto

que alguien pueda marcharse de tu vida

y, aun así, quedarse en todo lo que eres.

 

A veces quisiera decir que fue el destino,

que simplemente nos tocó tomar caminos distintos,

pero qué mentira tan piadosa.

Fuiste tú quien se marchó,

y yo tuve que aprender a vivir

con todas las palabras que dejaste sin pronunciar.

 

No sabes cuánto me duele

tener que acostumbrarme a tu ausencia,

ni cuántas veces he querido dejar de recordarte

sin conseguirlo del todo.

 

Supongo que esa es mi tristeza:

no haberte perdido solamente a ti,

sino también a todas las cosas

que alguna vez imaginé contigo.

 

Y aun así, no puedo odiarte por completo.

Te guardo con una ternura que me avergüenza,

como se guardan las cartas que nunca se enviaron,

las fotografías de tiempos que no regresan

y los nombres que ya no tenemos derecho a pronunciar.

 

Tal vez algún día mis manos creen algo

que no tenga nada que ver contigo.

Tal vez encuentre una nueva inspiración

y deje de buscarte inconscientemente

en cada cosa bonita que me sucede.

 

Pero hoy todavía estás aquí,

escondido entre mis versos,

en la tinta, en el papel,

en esa parte de mí que no supo despedirse.

 

Ay, mi amado J.,

qué tristeza haber hecho de ti mi poesía

y no tenerte ahora

para mostrarte lo hermoso que te hice

en mi imaginación.



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