La historia de Margot y Tito no debe idealizarse como si hubiera sido un cuento sin dificultades. Su relación estuvo rodeada de controversias y contradicciones. Pero hay un hecho que merece destacarse: ella permaneció a su lado durante los años más difíciles, hasta su muerte.
El atentado no destruyó aquel vínculo. Lo puso a prueba de una manera que pocas parejas podrían imaginar.
- Una segunda vocación: el ballet en Panamá
Sería injusto recordar a Margot Fonteyn únicamente como la esposa de un panameño o como la gran bailarina que eligió vivir en nuestro territorio. También dejó una huella en el desarrollo cultural de Panamá.
Su relación con el ballet nacional fue de apoyo y compromiso. Participó en presentaciones benéficas y respaldó el crecimiento de esta disciplina cuando todavía se construían las estructuras necesarias para consolidar una compañía profesional.
El Ballet Nacional de Panamá tuvo su primera presentación oficial en agosto de 1972, bajo la dirección artística de los profesores rusos Ludmila y Nikolai Morosov, procedentes del Ballet Mariinski de Leningrado. Yo todavía era adolescente y el ballet no figuraba precisamente entre mis preocupaciones, pero recuerdo que mis padres llevaron a mi hermana.
En 1973, Margot Fonteyn participó en presentaciones de gala a beneficio de la compañía. Su apoyo continuó durante los años siguientes, al igual que el de la extraordinaria bailarina cubana Alicia Alonso.
Y aquí quisiera detenerme en una imagen que pertenece a nuestra sensibilidad panameña.
En el Teatro Nacional se encuentra su busto, obra del escultor panameño Edgar Urriola, develada en febrero de 2002 por la entonces presidenta Mireya Moscoso.
Me gusta imaginar a una niña que llega al teatro acompañada por su maestra de ballet. Quizá apenas comienza sus primeras clases y todavía tropieza al intentar una posición o pierde el equilibrio durante una pirueta.
De pronto, levanta la mirada y encuentra aquel rostro de bronce.
Alguien le cuenta que fue una de las más grandes bailarinas del mundo, que compartió escenarios con Nureyev y que, después de conquistar los grandes teatros internacionales, eligió vivir en Panamá.
La niña contempla la escultura y quizá, sin decirlo, comienza a soñar.
Ese es el verdadero valor de los homenajes: convertir la memoria en inspiración. Aquel busto no está allí solamente para recordar a una celebridad, sino para recordarnos que el talento no conoce fronteras y que Panamá también formó parte de la vida de una mujer excepcional.
- La última función: cuando el telón se cerró en Panamá
En 1979, Margot Fonteyn se retiró oficialmente de los escenarios, a los sesenta años. La Royal Ballet le rindió homenaje y reconoció su extraordinaria trayectoria con el título de Prima Ballerina Assoluta, una distinción excepcional que la convirtió en la única bailarina de aquella compañía en recibirlo.
Su carrera había superado generaciones, modas y fronteras. Sin embargo, mientras el mundo artístico celebraba su legado, la vida todavía le reservaba una de sus pruebas más dolorosas.
Tito Arias murió el 22 de noviembre de 1989, después de una intervención quirúrgica relacionada con un cáncer.
Margot había perdido al hombre con quien compartió más de tres décadas de matrimonio, viajes, controversias, alegrías y sufrimientos.
La mujer que había interpretado tantas historias de amor sobre los escenarios conocía ahora el dolor de la ausencia en su propia vida.
Dos años después, el 21 de febrero de 1991, Margot Fonteyn murió en la ciudad de Panamá, víctima de un cáncer contra el que llevaba tiempo luchando. Tenía 71 años.
Había permanecido hospitalizada en Houston y posteriormente regresó a Panamá. Según los testimonios publicados después de su muerte, expresó su deseo de morir en el país que había elegido como hogar.
También quiso descansar junto a su esposo.
Sus restos fueron sepultados inicialmente en el Cementerio Jardín de Paz y posteriormente sus cenizas fueron trasladadas al Santuario Nacional del Corazón de María, en la ciudad de Panamá, donde se encuentra su sepultura.
Hay algo especialmente significativo en ese desenlace: una mujer nacida en Inglaterra, formada entre Oriente y Occidente y aplaudida en los grandes teatros del planeta, quiso que su última morada estuviera en Panamá.
No regresó a Londres para pasar sus últimos días. Eligió este pequeño país, la cintura de América, tan hermoso como controversial.
Y esa decisión dice mucho sobre el lugar que nuestro país ocupó en su corazón.
Los panameños tenemos una expresión popular, cargada de humor y de cierta melancolía, cuando una pareja permanece unida hasta el final: «Él se llevó a su mujer a la tumba y ella lo siguió encantada». Quizá la frase resulte irreverente para una historia tan dolorosa, pero no deja de reflejar, a nuestra manera, la fuerza de un vínculo que sobrevivió a tantas adversidades.
- Lo que permanece después de la danza
Hay artistas cuya grandeza se mide por los premios que reciben; otros permanecen en la memoria por las obras que interpretaron. Pero existen figuras cuya trascendencia supera los límites de su profesión.
Margot Fonteyn fue una de ellas.
Su asociación con Rudolf Nureyev permanece como una de las cumbres de la historia del ballet. Su trabajo con Frederick Ashton contribuyó a definir una época de la danza británica, mientras sus interpretaciones de Giselle, Aurora, Odette y otros grandes personajes siguen despertando admiración.
Pero su legado también nos dejó otras enseñanzas.
Demostró que la edad no siempre representa un límite para la expresión artística. Cuando muchos consideraban que su carrera estaba llegando a su fin, encontró en Nureyev una oportunidad para reinventarse y alcanzar nuevas dimensiones sobre el escenario.
También fue una mujer que amó, tomó decisiones difíciles y permaneció junto a su esposo cuando la adversidad transformó radicalmente sus vidas.
Pienso en ello cuando observo cómo algunas parejas disuelven sus vínculos ante los primeros obstáculos, como si la vida tuviera que ser siempre un jardín de rosas y todos camináramos sobre alfombras rojas y terciopelo.
La historia de Margot y Tito no fue una fantasía romántica de salón. Fue una relación humana, con contradicciones, sacrificios y una larga prueba de fidelidad.
Y nos dejó algo que los panameños tenemos motivos para recordar con orgullo: una mujer nacida en Surrey, Inglaterra, que pudo haber elegido cualquier lugar del mundo, hizo de Panamá su hogar.
Aquí vivió, aquí sufrió, aquí amó y aquí murió.
Por eso, cuando una niña entra al Teatro Nacional y descubre aquel busto, no contempla solamente el rostro de una bailarina famosa. Está frente a la historia de una mujer que conquistó el mundo y encontró en nuestro país un lugar al que pertenecer.
Quizá esa niña nunca llegue a bailar como Fonteyn. Tal vez sus sueños la conduzcan por otros caminos. Pero si aquel rostro de bronce consigue despertar en ella el amor por la danza, el homenaje habrá cumplido su cometido.
Porque los grandes artistas no desaparecen cuando dejan de respirar. Continúan viviendo en quienes los recuerdan, estudian sus obras y se atreven a soñar después de conocer sus historias.
Margot Fonteyn nació para la danza. Pero su vida nos enseñó algo más: el talento puede conquistar el mundo, mientras el amor puede llevarnos a elegir un pequeño rincón de ese mundo para quedarnos.
Y ella eligió Panamá.
Un alto en el camino (a manera de epílogo)
Al llegar al final de estas tres entregas, confieso que Margot Fonteyn me ha dejado algo más que el recuerdo de una bailarina extraordinaria.
Comencé esta retrospectiva por curiosidad, después de encontrar su busto en el Teatro Nacional y recordar lo que mi padre me había contado sobre ella. No imaginaba que, detrás de aquel rostro de bronce, encontraría una historia tan rica en talento, sacrificios, contradicciones y sentimientos.
He recorrido su vida desde la niña que descubrió la danza hasta la mujer que recibió las mayores ovaciones del mundo. Pero también he descubierto a la esposa que enfrentó la adversidad, a la artista que apoyó nuestro ballet y a la extranjera que terminó haciendo de Panamá su última morada.
Y en medio de esta aventura investigativa tuve un compañero muy especial: mi nieto. Recuerdo que, en una de nuestras conversaciones, me soltó una pregunta que todavía me hace sonreír:
—Abuelo Julio, ¿cuándo investigamos sobre otra persona? 😂
¡Vaya sorpresa! Yo, que a veces lo veía algo distante de los libros y bastante ocupado con sus videojuegos, descubrí que quizá aquella curiosidad comenzaba a despertar. Y pensé que no hay mejor manera de enseñar que hacerlo con el ejemplo. Uno no siempre necesita dar consejos; a veces basta con mostrar entusiasmo por aquello que hace.
Por eso, esta retrospectiva también me deja una satisfacción familiar. Tal vez mañana investiguemos sobre otro personaje, y pasado mañana sobre alguien más. Lo importante es que las preguntas no se apaguen y que la curiosidad encuentre siempre una puerta abierta.
Quizá esa sea también la razón por la que me ha gustado tanto escribir sobre Margot. Porque uno comienza investigando a un personaje y termina encontrándose con las cosas que verdaderamente importan: el amor, la lealtad, la memoria y el sentido de pertenencia.
Ahora, al cerrar estas páginas, vuelvo a pensar en aquel busto del Teatro Nacional. Me gustaría que quienes pasen frente a él no lo miren como una simple escultura, sino como el recuerdo de una mujer que llevó el nombre de Panamá consigo y que, pudiendo descansar en cualquier otro lugar, quiso quedarse aquí.
No sé si he conseguido transmitir toda la grandeza de Margot Fonteyn. No soy especialista en ballet, y nunca he pretendido serlo. He escrito desde la curiosidad, la admiración y ese deseo de rescatar historias que merecen permanecer vivas.
Pero sí puedo decir algo: ahora, cada vez que pase frente a su busto, ya no veré solamente a una gran bailarina. Veré también a la mujer cuya historia tuve el privilegio de conocer un poco mejor.
Y eso, para quien escribe, ya es una recompensa.
Cierro esta retrospectiva con una imagen que me gusta imaginar: las luces se apagan, el público abandona el teatro y el escenario queda en silencio. Sin embargo, en algún lugar de nuestra memoria, Margot vuelve a levantar los brazos y comienza a bailar.
Porque hay telones que caen para siempre, pero hay historias que se niegan a terminar.
JUSTO ALDÚ © 2026
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Autor:
JUSTO ALDÚ (Seudónimo) (
Offline) - Publicado: 7 de noviembre de 2026 a las 10:23
- Categoría: Sin clasificar
- Lecturas: 2
- Usuarios favoritos de este poema: syglesias - El Poeta de la Nostalgia
- En colecciones: CRONICAS PERIODISTICAS-LITERARIAS.

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