Todavía no conozco el peso de un libro,
ni el bautismo de la tinta en una imprenta;
mis páginas son náufragos de escritorio,
mis poemas, una patria sin editorial.
Pero he sembrado alfabetos en otras vidas,
despertado vocablos bajo la piel,
he visto florecer antiguas heridas
en la caligrafía de un papel.
Les hablé de Pizarnik y sus abismos,
de Vallejo y su orfandad universal,
de aquellos que hicieron del dolor un idioma
y de la belleza, un acto visceral.
Les enseñé a desenterrar metáforas,
a darle al silencio una voz,
a encontrar en las grietas del alma
la palabra que nos devuelve a nosotros.
Y comenzaron: primero, tímidamente,
con versos que temblaban al nacer;
después, con esa insolencia de la tinta
que ya no necesita permiso para arder.
Hasta que un día ocurrió lo impensable:
hallé mi propia sombra en otro papel.
Alguien había aprendido a nombrar sus ruinas
y había hecho de mis palabras su cincel.
Qué misteriosa es la transmigración del verbo:
uno entrega una sílaba y germina un universo;
quien ayer buscaba refugio en mis lecturas
hoy levanta con sus manos su propio firmamento.
Todavía no tengo un libro en las vitrinas,
ni una portada que anuncie mi existencia;
pero hay versos que llevan otras firmas
y guardan, sin saberlo, mi presencia.
No sé si algún día venceré al olvido,
si mis letras sobrevivirán a mi voz;
pero qué importa no tener un libro
si alguien encontró su escritura gracias a los dos.
Nunca quise que escribieran sobre mí,
ni convertirme en motivo de sus desvelos;
quise enseñarles a nombrar el mundo,
incluso cuando les faltara el cielo.
Y si algún día mis páginas encuentran lectores,
si la imprenta pronuncia finalmente mi nombre,
recordaré que antes de tener un libro
ya había dejado literatura en otros hombres.
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Autor:
El Cronista sin puerto (Seudónimo) (
Offline) - Publicado: 6 de noviembre de 2026 a las 09:31
- Categoría: Sin clasificar
- Lecturas: 1

Offline)
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