Cuento: El cruce de los dos caminos
Mantener dos vidas paralelas es como intentar habitar dos casas a la vez mientras el cielo amenaza tormenta. Julián volvía a casa al atardecer, con el sabor del café de la tarde aún en los labios y el perfume de ella impregnado invisiblemente en su abrigo. Al abrir la puerta, lo recibía el olor a cena casera y el sonido familiar de los pasos de su esposa en el pasillo.
Julián las amaba a las dos, o al menos eso se repetía cada noche para calmar la culpa. Con su esposa compartía el peso de los años, los planes a largo plazo y la complicidad de quienes se conocen con solo mirarse. Con ella, en cambio, vivía una ligereza magnética, un romance suspendido en el tiempo donde no había facturas por pagar ni rutinas que desgastaran el deseo.
El problema era que Julián ya no era entero en ningún lado. Cuando abrazaba a su esposa, su mente volaba hacia el próximo encuentro secreto; cuando estaba con ella, el remordimiento por la confianza pisoteada de su mujer le amargaba el brindis. Se convirtió en un fantasma que habitaba los espacios a medias. Una noche, mirando el techo mientras su esposa dormía a su lado, Julián entendió la verdad más amarga de su doble juego: al no querer renunciar a ninguna por egoísmo, no le estaba dando un amor completo a ninguna de las dos. Solo les estaba ofreciendo las sobras de un hombre dividido.
Fábula: El Ciervo y los dos Manantiales
En un valle profundo, un ciervo de gran cornamenta descubrió un día que el río del que siempre había bebido se había vuelto predecible y tranquilo. Aunque su agua era clara y pura, el ciervo comenzó a aburrirse de la misma orilla.
Un mediodía, explorando el bosque, encontró un manantial oculto entre las rocas. Su agua brotaba con fuerza, era fresca, efervescente y exótica. Fascinado, el ciervo bebió con avidez.
—Amo la seguridad de mi río —se dijo el ciervo—, pero no puedo dejar la emoción de este manantial. Beberé de ambos.
Así, el ciervo pasaba los días corriendo de un lado al otro del bosque. Bebía del río por las mañanas para calmar la sed del día, y corría al manantial por las tardes para buscar la frescura de la novedad. Pero el esfuerzo de mantener el secreto y el constante correr de un punto a otro empezaron a agotarlo. Sus patas flaquearon, su atención se dispersó y dejó de estar atento a los peligros del bosque.
Una tarde, mientras corría exhausto en mitad del trayecto entre el río y el manantial, las fuerzas le fallaron por completo y cayó en una zanja de la que no podía salir. Desesperado, bramó pidiendo ayuda. El río, atrapado en su cauce natural, no pudo desvíasen para salvarlo; el manantial, brotando lejos entre las piedras, tampoco acudió en su auxilio. El ciervo quedó allí, atrapado por su propia codicia.
Moraleja: Quien no sabe valorar el agua que le da vida por buscar otra fuente de placer, termina perdiendo las fuerzas en el camino. El amor exige elegir un rumbo; intentar tenerlo todo suele ser la forma más rápida de quedarse sin nada.
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Autor:
sergio Rodríguez v. (Seudónimo) (
Offline) - Publicado: 6 de noviembre de 2026 a las 08:58
- Categoría: Cuento
- Lecturas: 1

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