Un alto en el camino
Antes de continuar con esta crónica, quisiera hacer un pequeño alto y compartir algo personal.
Justo cuando me disponía a investigar más sobre la vida de Margot, tuve la agradable compañía de un auxiliar muy especial: mi nieto, un adolescente que por estos días ha preferido estar junto a su abuelo.
En medio de mis lecturas y consultas, me preguntó si yo había conocido a Margot Fonteyn. Obviamente, no. Era apenas un niño cuando ella murió. Pero al mirarlo a los ojos descubrí un brillo que quizá también habitaba en los míos a esa edad. Era esa curiosidad que despiertan las historias, ese deseo de conocer un mundo que todavía no hemos vivido.
Debo confesar que mi joven auxiliar anda un tanto rebelde con los libros y bastante aficionado a los videojuegos. Por eso, tenerlo cerca, compartiendo conmigo, aunque sea a ratos esta pequeña aventura de investigación, tiene un significado muy especial.
Quizá algún día comprenda que, entre una pantalla y las páginas de un libro, también existen mundos extraordinarios por descubrir. Y yo, mientras tanto, disfruto de su compañía. Al fin y al cabo, no todos los días un abuelo consigue tener a su nieto como compañero de investigación.
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Y de regreso a nuestra protagonista, continuamos con una etapa de su vida en la que Panamá ocuparía un lugar cada vez más importante. La boda fue noticia internacional. Una estrella del ballet británico se unía a un diplomático latinoamericano. Dos mundos aparentemente distintos encontraban un punto de encuentro. Y Panamá, casi sin proponérselo, comenzaba a incorporarse a la historia de una de las mujeres más famosas de la danza.
Hay, además, un episodio político que merece recordarse porque revela que aquella vida de aparente glamour también estuvo rodeada de controversias.
En 1959 Tito Arias fue vinculado a una conspiración para derrocar al presidente Ernesto de la Guardia Jr., en un intento relacionado con la introducción de armas en el país. Margot también se vio involucrada en las acusaciones. La pareja terminó refugiándose en la Embajada de Brasil y ella fue deportada a Inglaterra. Según los relatos de aquel episodio, posteriormente las acusaciones contra ambos fueron retiradas y pudieron regresar.
Es un capítulo poco conocido de la vida de la bailarina, pero importante para comprender que su relación con Panamá no estuvo exenta de sobresaltos políticos.
Tito no era solamente el marido de una gran artista. Era un hombre de ambiciones políticas, con una personalidad intensa y una vida pública que a veces arrastraba a su esposa hacia terrenos muy alejados del escenario.
- Panamá: el país que terminó siendo su hogar
Después de aquellos años de viajes, compromisos diplomáticos y escenarios internacionales, Margot fue encontrando en Panamá un espacio distinto.
El istmo no era para ella una simple estación en el recorrido de su marido. Era un territorio que poco a poco se incorporaba a su identidad.
En Panamá encontró una naturaleza exuberante, un clima diferente, otra manera de vivir y, sobre todo, un entorno familiar al que dedicó una parte importante de su existencia. Quien conoce Panamá sabe de la belleza de sus paisajes tropicales.
Junto a Tito estableció su residencia en una propiedad situada en El Higo, cerca de San Carlos, en la provincia de Panamá Oeste. La llamaron LA QUINTA PATA.
El nombre resulta curioso y hasta simpático. Una quinta pata es algo que parece no corresponder a la anatomía habitual, una especie de añadido inesperado. Pero aquella finca terminó siendo mucho más que una propiedad rural. Fue su refugio.
Los reportajes sobre su vida indican que la pareja llegó a vivir en una extensa hacienda de aproximadamente 500 acres, dedicada también a la actividad ganadera y situada junto al Pacífico.
Allí, lejos del bullicio de Covent Garden, de los hoteles internacionales y de los teatros donde había recibido ovaciones interminables, Margot podía vivir otra clase de existencia.
La mujer que había interpretado a princesas, cisnes y personajes de leyenda aprendió también a convivir con las tareas y responsabilidades de una finca panameña.
Su vida había cambiado de escenario, pero no de intensidad.
La Quinta Pata fue, en cierto modo, el contrapunto de los grandes teatros europeos. Allí no necesitaba demostrar nada. No había críticos esperando al final de una función ni espectadores pendientes de la perfección de un arabesque.
Allí era Margot. La esposa de Tito, la mujer que había elegido compartir su destino con un panameño y que había encontrado en nuestro país un lugar donde echar raíces.
- El disparo que cambió dos vidas
Y entonces llegó el episodio más doloroso de aquella historia.
El 8 de junio de 1964, Roberto Arias fue víctima de un atentado con arma de fuego en la ciudad de Panamá.
El incidente ocurrió en el sector de Vía Brasil y Calle 50. Su agresor fue Alberto Jiménez, antiguo colaborador y adversario político, con quien sostuvo una confrontación.
La bala dejó a Tito gravemente herido y paralizado. A partir de entonces necesitaría una silla de ruedas y asistencia permanente.
La noticia sacudió la vida de Margot. Era una mujer acostumbrada a soportar jornadas agotadoras de ensayos, funciones y viajes. Había enfrentado lesiones, enfermedades y las exigencias de una profesión que no perdonaba errores.
Pero ninguna de aquellas pruebas podía compararse con la que ahora tenía delante. Su marido necesitaba cuidados constantes. La vida que habían construido juntos había cambiado radicalmente. Y aquí aparece uno de los aspectos más admirables de su historia. Margot no abandonó a Tito. Durante casi dos años, Roberto recibió tratamiento y rehabilitación en Inglaterra, incluyendo una prolongada estancia en el hospital de Stoke Mandeville. Ella estuvo pendiente de su recuperación y continuó desarrollando su carrera profesional.
En 1966, Tito salió del hospital después de un largo proceso de rehabilitación, aunque las secuelas de la lesión lo acompañarían hasta su muerte.
Lo extraordinario es que Margot no renunció a su arte ni a su compromiso matrimonial.
Siguió bailando. Y no solamente siguió bailando: protagonizó junto a Rudolf Nureyev algunos de los momentos más memorables del ballet del siglo XX.
A quienes me leen les pido que piensen por un instante en aquella contradicción de la vida.
Mientras una parte de su existencia transcurría entre los escenarios más prestigiosos del mundo, otra estaba dedicada a un hombre que había perdido la movilidad de su cuerpo. Y claro, no puedo afirmar que ha sido la única pareja en atravesar grandes dificultades. Tengo a un amigo que está dispuesto a cuidar de su esposa cuando la atacan esas crisis. Cuando hay amor y compresión, todo es posible.
Margot podía recibir ovaciones de pie en Londres, París o Nueva York y regresar después a la realidad de una enfermedad, una silla de ruedas y una vida doméstica transformada.
Su marido la acompañaba en sus viajes cuando las circunstancias lo permitían. Existe una fotografía particularmente significativa de ambos en un camerino: Margot aparece frente al espejo, preparándose para una función, mientras Tito la contempla desde su silla de ruedas.
Es una imagen que dice mucho más que una larga declaración de amor. Ella seguía siendo la bailarina. Él continuaba siendo su compañero.
Y aunque sus circunstancias habían cambiado, no habían dejado de compartir la vida.
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Autor:
JUSTO ALDÚ (Seudónimo) (
Offline) - Publicado: 6 de noviembre de 2026 a las 08:16
- Categoría: Sin clasificar
- Lecturas: 1
- En colecciones: CRONICAS PERIODISTICAS-LITERARIAS.

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