A veces me quedo despierto hasta tarde sin hacer nada. La televisión encendida, una taza de café que preparé hace rato y que ya está fría, y la camisa que llevo dos días diciendo que voy a guardar. Mi perro duerme con el hocico metido debajo de una pata de la silla. Cuando me levanto, me sigue con los ojos, pero nunca se mueve. Parece que ya sabe que casi nunca voy a ningún lado.
Hay recuerdos que llegan sin avisar, no necesariamente los importantes, a veces me acuerdo de cómo cerraba los cajones, de sus pasos cuando iba al baño por la noche o de aquel vaso que siempre dejaba a la mitad, como si algún día pensara regresar por él. Antes me molestaban esas cosas. Ahora me descubro recordándolas y hasta me da vergüenza admitir que las extraño.
No todo fue bonito, tampoco quiero engañarme, una vez la oí llorar en el baño. Me quedé sentado en la cama, con las manos sobre las rodillas, esperando que saliera, cuando abrió la puerta, le pregunté si quería café. Nunca supe si esperaba que le preguntara otra cosa.
También hubo días en los que no soportaba escuchar su voz y otros en que habría dado cualquier cosa por oírla un minuto más.
Fumo Pall Mall desde que ella dejó de pedirme que lo dejara, las colillas se acumulan en el cenicero y cada noche digo que mañana voy a limpiarlo. Mañana, al parecer, es un día que nunca termina de llegar.
A veces extraño a quien se fue, otras veces extraño al hombre que era antes de conocerla. Me cuesta decidir cuál de los dos cometió más errores.
Mi perro sigue debajo de la silla, le digo que se vaya a su cama, pero apenas levanta una oreja, no voy a insistirle. Últimamente ninguno de los dos tiene muchas ganas de obedecer.
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Autor:
Bruno Gatica 1 (
Online) - Publicado: 6 de noviembre de 2026 a las 02:38
- Categoría: Reflexión
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