El viejo fogonero

Vjekoslav Darlić Mardešić

En primavera, cuando la estación

se viste de flores albas y sombras grises,

aguardaban los rieles, sin premura,

a quien buscara nuevos horizontes.

 

La gente elegía su vagón

con una extraña y muda preferencia;

al pasar frente al viejo fogonero,

nadie ofrecía venias ni reverencias.

 

Solo se veía brotar, constante,

la dulce sonrisa de una mujer de azul;

aquella que el hombre ya conocía

de verla pasar, viva y en silencio.

 

Él no le decía nada, cautivo,

pues ni el consuelo guardaba en su leña

ni fuego le quedaba en el brasero

para entibiar su propia soledad.

 

Envuelto en aromas de salitre y carbón,

permanecía siempre ante su hoguera,

guiando a los viajeros de rutina

hacia la profundidad de sus sueños.

 

Sus manos, curtidas por el oficio,

se llenaban rápidamente de tiempo;

el desgaste no perdonaba al artesano:

hoy arde más su cansancio que el fogón.

 

Temprano, en algún lugar del mundo,

anheló dormir entre los vagones,

en rieles adornados de frío óxido

y olvidados moluscos de acero.

 

Temprano, en algún lugar del alma,

quiso atravesar túneles de luces,

entre silencios y besos abandonados

por aquella eterna mujer de azul.



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