UNA FABULA ......... UN VIAJE............UNA PROSA

Sergio v Rodrigues VIVENCIAS EN LETRAS

El viento no pide permiso para borrar las huellas en la arena, y el viajero tampoco debería pedirlo para borrarse un mapa de la piel. Viajar es encender un fuego con las astillas de lo que fuimos, mirar cómo el humo dibuja formas nuevas en el aire y caminar, sin prisa, hacia el horizonte donde el cielo y la tierra juegan a ser la misma cosa.
Cada camino es un hilo invisible que borda el destino sobre el lienzo del mundo. No se miden las distancias en kilómetros, sino en los suspiros que nos roba el nacimiento de un día extraño, en el peso exacto de la luz cuando cae sobre tejados que no nos pertenecen, o en el eco de unos pasos que buscan, sin saberlo, una patria hecha de instantes. Al andar, el paisaje se vuelve una confesión del alma: los ríos nos enseñan a fluir sin retener las piedras, las montañas nos imponen su silencio sagrado y los desiertos nos recuerdan la belleza de estar limpios y despojados de todo equipaje innecesario.
Se viaja para perderse y, en ese extravío voluntario, tropezar con el asombro. Somos náufragos que eligen su propio mar, traductores de idiomas que solo se hablan con los ojos, coleccionistas de crepúsculos que nunca volverán a repetirse. Y cuando el viaje llega a su fin, descubrimos que la verdadera distancia recorrida no se refleja en las suelas gastadas ni en los mapas doblados, sino en el abismo luminoso que ahora separa a quien se fue de aquel que acaba de regresar.
                                                               Érase una vez una Golondrina de alas de plata que vivía obsesionada con encontrar el nido perfecto. Mientras sus hermanas se conformaban con las ramas de los viejos robles, ella pasaba los días buscando el árbol más alto, la arcilla más fina y las plumas más suaves. Para ella, la felicidad era una meta fija, un lugar estático al que debía llegar.
Un otoño, el frío del norte sopló con fuerza, anunciando que era hora de partir hacia las tierras cálidas del sur. La Golondrina de alas de plata miró con dolor su nido perfecto y, con el corazón encogido, inició el largo viaje junto a su bandada.
Durante las primeras jornadas, el viaje fue un tormento. La golondrina volaba con los ojos fijos en el suelo, lamentándose por todo lo que había dejado atrás y contando ansiosamente los kilómetros que faltaban para llegar al destino. No disfrutaba del aire fresco de las alturas, ni del calor del sol que entibiaba sus plumas por las mañanas.
Al tercer día, una densa niebla los obligó a descender a un valle desconocido. Allí, la golondrina conoció a una Vieja Tortuga que caminaba con lentitud sobre el caparazón de la tierra.
—¿Por qué viajas con tanta prisa y angustia, pequeña? —le preguntó la tortuga al verla temblar de frustración sobre una roca.
—Porque el invierno me persigue y he tenido que abandonar mi hogar perfecto —respondió la golondrina con amargura—. Ahora solo quiero que este viaje termine para poder construir otro nido igual en el sur. El camino es una pérdida de tiempo.
La tortuga sonrió con la sabiduría de los siglos y le dijo:
—Mírame a mí. Llevo mi casa a cuestas. No importa a dónde vaya, siempre estoy en mi hogar. Tu error es creer que el hogar es el nido que dejas o el que vas a construir. El verdadero hogar del ave es el viento, y el viento solo existe mientras te mueves. Si solo piensas en el final, el viaje se vuelve una prisión; pero si abrazas el vuelo, cada corriente de aire será tu refugio.
La golondrina guardó silencio. Al día siguiente, cuando la niebla se disipó y la bandada retomó el vuelo, decidió cambiar su mirada. Dejó de mirar el mapa invisible del suelo y empezó a sentir el viento. Descubrió la belleza de las nubes encendidas por el atardecer, aprendió a jugar con las ráfagas que desafiaban sus alas y disfrutó de las canciones que compartía con sus compañeras al caer la noche.
Cuando finalmente llegaron a las tierras del sur, la golondrina ya no tenía prisa por construir un nido perfecto. Comprendió que cualquier rama bastaba, porque su verdadero hogar ya no era un lugar de barro y paja.
 

Moraleja: La felicidad y el aprendizaje no se encuentran al final del camino, sino en el camino mismo. Quien viaja por la vida obsesionado únicamente con la meta, transforma el trayecto en una carga pesada y se pierde la magia de la transformación que solo el viaje nos puede regalar.
 
 
 
 
  • Autor: sergio Rodríguez v. (Seudónimo) (Offline Offline)
  • Publicado: 5 de noviembre de 2026 a las 08:24
  • Comentario del autor sobre el poema: La felicidad y el aprendizaje no se encuentran al final del camino, sino en el camino mismo. Quien viaja por la vida obsesionado únicamente con la meta, transforma el trayecto en una carga pesada y se pierde la magia de la transformación que solo el viaje nos puede regalar.
  • Categoría: Cuento
  • Lecturas: 1


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