El peso del tiempo no se mide en huellas
sino en la textura que dejan sobre el aire.
Aquiles, nombre de guerra y de lealtad muda,
habitó quince otoños y un invierno más
como quien guarda en el pecho un sol que no se apaga.
Su silencio tenía color de madera vieja
y olor a tierra removida después de la lluvia.
Cuando entraba, el suelo aprendía otra vez
el roce seco de las uñas,
ese ritmo corto y preciso que anunciaba
la llegada de un cuerpo que no pide permiso
para ocupar el centro exacto de la casa.
Ahora queda la curva de su lomo en el aire,
el hueco donde apoyaba el hocico contra la rodilla,
la respiración baja y caliente que marcaba
el compás de las noches.
El reloj no se detiene;
solo cambia el sonido de su marcha,
como si midiera otra especie de duración.
Queda el tacto de lo que ya no se puede tocar:
la memoria de un calor animal
que no era nuestro y sin embargo nos pertenecía.
Aquiles se fue como se van las cosas verdaderas:
sin promesa, sin ruido,
dejando solo la certeza de que algo
irrepetible ha ocupado este mundo
y lo ha hecho un poco más habitable.

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