EL VERBO ENCENDIDO DE JORGE ELIÉCER GAITÁN (artículo y poema)

JUSTO ALDÚ

EL VERBO ENCENDIDO DE JORGE ELIÉCER GAITÁN

El hombre que convirtió la palabra en conciencia popular

 

EL VERBO QUE DESAFIÓ AL SILENCIO

a Jorge Eliécer Gaitán

 

Su voz despertó a la gente,

con firmeza y con valor,

sin rendirse ante el temor,

con su palabra valiente.

Y su corazón ardiente

se hizo luz de amanecer;

nos invitó a renacer.

La muerte quiso callarlo,

mas no logró sepultarlo:

nadie lo pudo vencer.

 

De lo que he leído algunos nombres siempre regresan a mi subconsciente; hombres cuya existencia transcurre dentro de la historia de forma normal y otros que, con su pensamiento y su palabra, terminan modificando el curso de ella. Jorge Eliécer Gaitán Ayala (1898-1948) perteneció a esta segunda categoría. Abogado, penalista, político y extraordinario orador colombiano, fue una de las figuras más influyentes de la primera mitad del siglo XX en América Latina. Se dice que su voz no se limitaba a pronunciar discursos: parecía recoger las frustraciones de un pueblo y devolverlas convertidas en indignación, esperanza y voluntad de cambio, con una elocuencia de máxima expresión.

Nacido el 23 de enero de 1898 en Bogotá, en el seno de una familia de recursos modestos, conoció desde temprano las desigualdades sociales que posteriormente ocuparían un lugar central en su pensamiento político. Su madre, Manuela Ayala, maestra de escuela, tuvo una influencia determinante en su formación intelectual. Estudió Derecho en la Universidad Nacional de Colombia y, gracias a sus esfuerzos, viajó a Italia para especializarse en Derecho Penal en la Real Universidad de Roma, bajo la influencia del reconocido jurista Enrico Ferri. Allí presentó su tesis El criterio positivo de la premeditación, trabajo cuya excelencia le mereció el premio Enrico Ferri en 1929.

Existe un episodio de su paso por aquella universidad que ha adquirido dimensiones casi míticas. Se cuenta que, durante la sustentación de su tesis ante un tribunal de académicos italianos, uno de los doctores, impresionado por la profundidad de sus argumentos y su extraordinaria elocuencia, le habría preguntado: “Señor Gaitán, ¿usted viene a sustentar su tesis o a darnos clases?”. No he encontrado documentación académica concluyente que permita certificar la literalidad de este diálogo. Sin embargo, la anécdota retrata bastante bien la admiración que despertaba su capacidad intelectual y anticipa lo que sería su mayor instrumento político: el verbo.

De regreso a Colombia, Gaitán comenzó una carrera pública intensa. Fue representante a la Cámara, presidente de esa corporación, alcalde de Bogotá en 1936, ministro de Educación en 1940 y ministro de Trabajo en 1944. También fundó la Unión Nacional Izquierdista Revolucionaria (UNIR), antes de regresar a las filas del liberalismo. Su pensamiento recibió influencias socialistas y positivistas, y defendió reformas sociales, mejores condiciones para los trabajadores y una transformación de las estructuras de poder. Su discurso cuestionaba los privilegios de las élites y denunciaba la distancia entre las instituciones y las necesidades de las mayorías.

No se trata aquí de adherirse a sus tendencias políticas ni de convertirlo en una figura intocable. Se trata de reconocer su dimensión histórica, su capacidad para interpretar las contradicciones de una sociedad profundamente desigual y la trascendencia de su pensamiento. Se puede discrepar de sus planteamientos y, al mismo tiempo, reconocer que fue un político de extraordinaria relevancia intelectual.

Su oratoria tenía una particularidad: Gaitán no hablaba únicamente para ser escuchado, hablaba para ser sentido. Encendía las plazas, estremecía las calles y conseguía que multitudes enteras se reconocieran en sus palabras. La Marcha del Silencio, celebrada el 7 de febrero de 1948, constituye una demostración memorable de esa capacidad. Cerca de cien mil personas guardaron silencio en Bogotá para protestar contra la violencia política y las persecuciones sufridas por los liberales. Aquel día, el hombre que dominaba las multitudes con su voz consiguió conmoverlas precisamente pidiéndoles silencio.

Su aspiración presidencial para 1950 despertaba enormes expectativas. Sin embargo, el destino tenía preparada una página trágica.

El viernes 9 de abril de 1948, a las 13:15, según la referencia histórica que me señala el doctor José Antonio Ñique de la Puente, uno de los estudiosos de Gaitán y quien fuera mi profesor de posgrado en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, en Lima, Perú, el caudillo liberal fue abatido a tiros cuando salía de su despacho, en el centro de Bogotá. El presunto autor material fue Juan Roa Sierra, quien posteriormente murió linchado por la multitud. La autoría intelectual del magnicidio continúa rodeada de interrogantes.

Aquel asesinato desencadenó el estallido popular conocido como El Bogotazo. Se le denomina así porque Bogotá fue el epicentro de una insurrección popular que destruyó buena parte del centro de la capital y cuyas repercusiones se extendieron por Colombia. No fue simplemente una revuelta provocada por la muerte de un dirigente: fue la explosión de una sociedad que acumulaba resentimientos, exclusiones, violencia y frustraciones políticas. El magnicidio también agravó el período conocido como La Violencia. Este drama histórico encontraría posteriormente una profunda expresión literaria en la obra de Gabriel García Márquez, quien, según se recoge en sus reflexiones sobre la violencia colombiana, insistía en que le interesaban sus causas y no solamente su representación.

Hay un detalle poco conocido de su historia familiar que merece mencionarse. Su hija, Gloria Gaitán, mantuvo una relación sentimental extramatrimonial con quien fuera presidente chileno, Salvador Allende, derrocado por el sangriento golpe militar encabezado por Augusto Pinochet. Ella misma hizo pública esa relación en 2007 y relató que había quedado embarazada de Allende, aunque perdió al hijo antes de nacer. Es un episodio que enlaza dos historias políticas latinoamericanas marcadas por la tragedia.

Pero la historia de Gaitán tiene un epílogo que merece conocerse. Sus restos no reposan en un cementerio convencional: descansan en el jardín de su propia residencia, hoy convertida en la Casa Museo Jorge Eliécer Gaitán, ubicada en la calle 42 n.º 15-52, en Bogotá. Su familia decidió sepultarlo allí después de su asesinato, y su tumba terminó convirtiéndose en un lugar de memoria y homenaje. Según la tradición histórica asociada a su sepultura, fue enterrado de pie, como símbolo de que no había sido derrotado y de que sus ideales debían permanecer vivos. Una lápida circular con el símbolo del infinito acompaña el lugar.

Hay una poderosa metáfora en ese destino: el hombre que encendía las calles con su verbo terminó convertido en una presencia permanente en el jardín de su casa. No descansa bajo el anonimato de una sepultura cualquiera, sino en un espacio que recuerda que su muerte no consiguió borrar su influencia. La residencia, transformada en museo y vinculada a la Universidad Nacional de Colombia, conserva parte de su memoria política y familiar.

Colombia, lamentablemente, ha continuado padeciendo décadas de violencia. Los atentados, secuestros, asesinatos y enfrentamientos protagonizados por determinados grupos y sectores han dejado heridas profundas. Pero sería injusto identificar a todo un pueblo con la violencia de algunos. Colombia es también cultura, pensamiento, literatura, trabajo y una ciudadanía que, generación tras generación, ha intentado encontrar caminos hacia la paz.

Gaitán murió a los cincuenta años, pero su palabra sobrevivió a las balas. Quizá allí radique su verdadera dimensión histórica: en haber conseguido que los olvidados sintieran, por un instante, que también tenían derecho a ocupar el centro de la historia.

Porque a Jorge Eliécer Gaitán no lo silenció solamente un disparo: aquel 9 de abril intentaron apagar una voz que había aprendido a hablar en nombre de muchos. Y cuando una voz logra convertirse en conciencia colectiva, su eco puede sobrevivir incluso a la muerte.

Una precisión histórica: La hora de las 13:15 que menciono tiene respaldo en una comunicación diplomática estadounidense del propio 9 de abril de 1948. Otras fuentes colombianas sitúan el ataque a las 13:05 o 13:06. He preferido conservar la referencia del doctor Ñique de la Puente, señalando la diferencia horaria sin convertirla en una certeza absoluta.

En mi poder conservo el libro “Obras selectas de Jorge Eliécer Gaitán”, una reliquia bibliográfica que adquiere un significado especial al recordar la dimensión intelectual y política de este personaje.

 

JUSTO ALDÚ © 2026

 

  • Autor: JUSTO ALDÚ (Seudónimo) (Offline Offline)
  • Publicado: 3 de noviembre de 2026 a las 23:20
  • Comentario del autor sobre el poema: Hoy la República de Panamá celebra 123 años de su separación de Colombia y claro que bien pudiese escribir un poema, artículo o ensayo al respecto como ya lo he hecho en ocasiones anteriores, Sin embargo, el pasado 1 de noviembre publiqué un poema titulado A MI QUERIDA PANAMÁ donde recojo toda una serie de sentiemientos que me imbullen recordando tal acontecimiento. Como quiera que para mañana tengo pensado alguna publicación con motivo del día de la bandera, creí pertinente cambiar un poco la tónica para descansar de los temas patrióticos y hacer esta publicación que si bien trata de una figura colombiana, igual toeme reñevamcoa en la historia. Como siempre que publico estos artículos no espero estrelas. Cada uno es libre de leer o no. Muchas gracias y saludos.
  • Categoría: Sin clasificar
  • Lecturas: 1
  • En colecciones: ARTÍCULOS.


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